A veces los oficios no están donde se anuncian, sino donde se repiten. En los gestos que se aprenden por repetición. En las herramientas que se desgastan hasta parecer parte de un cuerpo. En La Candelaria, ese centro de Bogotá que oscila entre lo escénico y lo esencial, la joyería aún sobrevive como una práctica encarnada. Lejos de los escaparates turísticos, los saberes se transmiten en la penumbra de los talleres, en las pausas entre una soldadura y una conversación, en la alquimia entre el fuego, el metal y la memoria.
Ahí se instaló el proyecto Memorias, afectos y usos: habitando la tradición joyera en La Candelaria, creado por Bogomap, un colectivo multidisciplinario integrado por Rafael Cristancho, politólogo y gestor cultural; Gabriel Jadue, diseñador gráfico; y Alejandra Castro, orfebre y joyera. Tres trayectorias que confluyeron en un punto común: el interés por la joyería artesanal como campo de conocimiento y como territorio afectivo. “El patrimonio no solo está en los objetos, sino en las relaciones que los rodean. Nuestra intención fue activar el lado sensible que la gente tiene con su entorno, con sus memorias”, explica Rafael Cristancho.
El proyecto, ganador de la Beca para la salvaguardia de patrimonios locales 2024 del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural – IDPC, surgió de una experiencia vivida: los tres integrantes del colectivo estaban estudiando joyería en Artesanías de Colombia mientras habitaban y transitaban el centro histórico. “Uno se va dando cuenta de todas las relaciones que hay, de todas las tradiciones, de todo el montón de gente, son un montón de años, oficios e historias”, cuenta Rafael Cristancho. Así descubrieron —casi sin proponérselo— que el barrio era también una escuela, un archivo, un taller abierto.
No se trataba de hacer un inventario técnico. Se trataba de escuchar, de observar con detenimiento, de abrir la mirada a una red compleja de relaciones entre joyeros, oficios, generaciones, objetos, cuerpos y territorios. El proyecto registró los talleres y las historias de 11 joyeros y joyeras con su propio olor, su propia luz, su propio ritmo. Y aunque la metodología partió de los inventarios participativos, se transformó para responder al contexto real de los artesanos. Se optó por un enfoque sensible, audiovisual y relacional.

Las entrevistas giraron en torno a cinco ejes: habitar el territorio, entender el patrimonio desde la propia voz, explorar los objetos afectivos (los llamados “tótems”), recoger historias populares del gremio y reflexionar sobre el cuerpo artesano. Y lo que apareció fue mucho más que una técnica: fue una ética, una estética, una forma de estar en el mundo. “El artesano te enseña a querer tu herramienta, a conservarla, a saber cómo mantenerla por el tiempo” cuenta Erika Bolaños, orfebre y joyera. Cada objeto revela una relación particular con el oficio y una historia transmitida en silencio.
Las fotografías formaron parte central del proceso. Cada artesano fue retratado en planos repetidos: sus manos, su rostro, su espacio de trabajo, sus objetos personales. Una especie de archivo visual del presente. Las imágenes fueron impresas y devueltas a cada taller, no como souvenir, sino como gesto de restitución simbólica. Porque en este proyecto la imagen no documenta: vincula.
Los testimonios también hablan del cuerpo: de la vista desgastada, de los dolores de espalda, de las manos endurecidas. “Mis dedos son callosos, pesados. La piel desarrolló una capa gruesa para que no se pele tan fácil” Estefanía Vanegas, joyera. “Este trabajo a uno le hace perder la visión. Me toca ponerme gafas encima de las gafas” Jesús Vanegas, joyero. Porque el oficio joyero no solo transforma el metal: también transforma a quien lo ejerce.
Y en medio de las historias, hay objetos que activan memorias. Un soplete con 35 años de uso. Un martillo heredado de un maestro. Una lupa que permite reconocer una piedra verdadera. “Ese soplete era mi herramienta derecha. Le grabé mi nombre. Se lo regalé a mi compadre para que se acordara toda la vida quién le enseñó la joyería”, cuenta Jesús Vanegas, joyero. “Yo conservo mi primer motor de mano. Lo guardo porque fue con ese que comencé todo”, añade Ángel Ochoa, joyero.
El territorio también aparece como lugar simbólico. La Candelaria no es solo una ubicación: es una red densa de talleres, escuelas, tiendas de insumos, saberes compartidos. “Uno anda como hormiguita de un local a otro. Aquí nos conocemos todos. Hemos envejecido en estas calles” cuenta Edgar Hastamorir, joyero. Es un barrio que respira metal y memoria.
Y, como en todo territorio, hay relatos populares: fantasmas, temblores, anécdotas de Diomedes Díaz recogiendo una joya y armando con su presencia una “bochinchera” en el taller de Jesús Vanegas, quien elaboró las joyas que usaba el compositor colombiano. Historias que construyen imaginarios, que circulan de boca en boca, que reafirman la identidad del gremio. La joyería, aquí, no es solo trabajo: es un mundo.
Los productos del proyecto no fueron pensados para una galería. Los videos —publicados en YouTube— se integran a un archivo accesible y vivo. Las imágenes, impresas, habitan los mismos talleres que documentan. Porque el patrimonio también se democratiza cuando deja de estar confinado al papel y al protocolo.
El patrimonio no viene solo de lo que se transmite entre personas. También la tierra lo da. Tenemos oro, tenemos esmeraldas. Estamos parados sobre un saber profundo”

Este relato nos recuerda que no hay patrimonio sin vínculo. Que no basta con declarar: hay que escuchar. Que no basta con conservar: hay que comprender. “El patrimonio no viene solo de lo que se transmite entre personas. También la tierra lo da. Tenemos oro, tenemos esmeraldas. Estamos parados sobre un saber profundo” Carolina Diaz, joyera.
La Beca para la salvaguardia de patrimonios locales del IDPC está abierta nuevamente. Este texto es, también, una invitación: no a repetir fórmulas, sino a observar con sensibilidad. Porque el patrimonio no siempre se encuentra en lo monumental. A veces se esconde en lo mínimo: una soldadura, una historia al calor del fuego, un objeto querido que guarda el rastro de quienes fuimos y seguimos siendo.
Todas las imágenes y videos pertenecen al Colectivo BogoMap.