Entre marzo y mayo de 2026, niñas, niños y adolescentes vinculados a Casa Taller Las Moyas participaron en un proceso de formación de Civinautas que conectó sus experiencias cotidianas con la memoria del territorio. Recorridos, conversaciones, dibujos y técnicas de pintura natural dieron origen a un mural construido colectivamente.
En los muros de Casa Taller Las Moyas quedaron montañas, caminos, plantas medicinales, animales, guardianes y figuras que hablan del cuidado. Para pintarlos, niñas, niños y adolescentes utilizaron cal, arcillas y pigmentos minerales: materiales provenientes de la tierra con los que también aprendieron sobre formas tradicionales de intervenir y cuidar los espacios.
El mural Somos niños medicina es el resultado visible de un proceso que comenzó mucho antes de aplicar las primeras capas de pintura. Durante nueve encuentros, realizados entre el 14 de marzo y el 23 de mayo de 2026, participantes de entre 5 y 17 años exploraron sus vínculos con la Casa Taller, sus familias, la montaña y otros lugares de memoria de la ciudad. El proceso hizo parte de un proceso diseñado por Civinautas, el programa de formación en patrimonio cultural del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural — IDPC.
Casa Taller Las Moyas está ubicada en el barrio San Luis, en la localidad de Chapinero. Desde hace cerca de 21 años funciona como una casa abierta para niñas, niños, jóvenes y familias: un lugar de encuentro, confianza y cuidado compartido, en el que se articulan el arte, el vínculo con la naturaleza, la vida comunitaria y el intercambio de saberes. Algunas de las niñas y los niños que hoy participan son hijos, hijas o familiares de personas que también estuvieron vinculadas a la Casa Taller años atrás. Esa continuidad entre generaciones ha hecho de la casa mucho más que un lugar destinado a realizar actividades: para quienes la habitan, es un espacio de confianza, formación y cuidado compartido.
En su vida cotidiana confluyen prácticas como el dibujo, el tejido, el muralismo, la panadería comunitaria y el trabajo en la huerta y con plantas medicinales. También se elaboran jabones, pomadas y otros preparados naturales, y se desarrollan experiencias relacionadas con distintos saberes ancestrales. Los procesos no siguen una única línea de trabajo: se transforman de acuerdo con las personas que llegan, los intereses de quienes participan y las dinámicas propias de la casa.
Antes de pintar, reconocer el territorio
Los seis primeros encuentros estuvieron dedicados a reconocer aquello que era significativo para el grupo, y por ello querían representar. Mediante autorretratos, collages, conversaciones, dibujos y un mapa colectivo de texturas, las y los participantes indagaron por sus historias familiares, las memorias de la Casa Taller y las formas en que cada persona deja una huella en los lugares que habita.
La exploración también salió de los muros de la casa. El 31 de marzo, el grupo recorrió el páramo de Las Moyas y elaboró ofrendatarios en arcilla. Durante la caminata aparecieron relatos en los que las montañas y las piedras eran entendidas como seres capaces de proteger, escuchar y acompañar. La experiencia llevó a formular preguntas que después orientarían el mural: ¿cómo se cuida un territorio?, ¿qué elementos representan protección para nosotros?, ¿qué huellas queremos dejar en la casa?
El 11 de abril, un segundo recorrido llevó al grupo al Parque Arqueológico y del Patrimonio Cultural de Usme. Allí, reconocer que en esos territorios también habían vivido niñas y niños hace más de mil años permitió relacionar las huellas de antiguas formas de habitar con las memorias que actualmente se construyen en Casa Taller. La visita abrió conversaciones sobre la “casa común”, las responsabilidades compartidas frente a los lugares y las huellas que quisieran dejar para quienes lo habiten en el futuro .
Estas experiencias ampliaron la comprensión del patrimonio. En lugar de presentarlo únicamente como algo antiguo, monumental o distante, el proceso permitió reconocerlo en los afectos, las prácticas cotidianas, los conocimientos transmitidos entre generaciones y las relaciones que sostienen la vida de un lugar.
Una imagen construida entre muchas manos
Con esos insumos, las y los participantes trabajaron en pequeños grupos para proponer las imágenes del mural. Observaron el muro, hicieron bocetos y discutieron cuáles símbolos representaban mejor su experiencia en Casa Taller. Las coincidencias fueron integradas en una composición común: la montaña como presencia protectora; la casa como lugar de cuidado; las plantas medicinales como expresión de conocimientos transmitidos y de la relación con la naturaleza; y los caminos, el agua, los animales y los guardianes como parte del territorio que comparten.
El nombre Somos niños medicina retomó una expresión presente en una de las canciones de la Casa Taller. Propuesto por una de sus lideresas, el concepto dialogaba con la manera en que el espacio comprende la presencia de las niñas y los niños: no solo como receptores de cuidado, sino como personas capaces de cuidar, transformar y mantener vivos los saberes de la casa. Durante el proceso, el grupo hizo suya esa idea y la convirtió en una composición visual.
En las últimas jornadas, el equipo de Fachadas Patrimoniales del IDPC acompañó la preparación de las superficies, aportó materiales y orientó el uso de pinturas elaboradas con cal, arcillas y pigmentos minerales. La técnica permitió acercar a las y los participantes a conocimientos relacionados con la pintura tradicional, en diálogo con saberes y prácticas de bioconstrucción y autoconstrucción presentes en la Casa Taller y en el territorio.
Pintar con materiales naturales no fue, entonces, una elección meramente estética. La tierra funcionó al mismo tiempo como materia, conocimiento y memoria. Preparar las mezclas, esperar sus tiempos y aplicarlas sobre el muro hizo posible reflexionar sobre el trabajo manual, la colaboración y los saberes que circulan cuando distintas generaciones construyen juntas.
Una huella que puede transformarse
El mural reúne las marcas individuales dentro de una imagen común, pero el principal resultado del proceso no está únicamente en la pared. Durante su elaboración, las niñas, niños y adolescentes expresaron sus ideas, escucharon las propuestas de otras personas y participaron en decisiones sobre los símbolos, los colores y la distribución de las imágenes. También reafirmaron que sus experiencias forman parte de la memoria de Casa Taller y que pueden intervenir activamente en el cuidado y la transformación del espacio.
Como ocurre con muchas pinturas realizadas con materiales naturales y expuestas a las condiciones climáticas, el mural podrá cambiar con el tiempo. Esa posibilidad no contradice su valor: recuerda que el patrimonio también se transforma y que su permanencia no depende solamente de conservar intacto un objeto. La huella del proceso está en las memorias, los conocimientos y los vínculos construidos y fortalecidos por quienes participaron.
En Casa Taller Las Moyas, el mural se suma a las múltiples huellas que niñas, niños, jóvenes y familias han dejado a lo largo de su historia. Más que marcar un momento aislado, recoge parte de los vínculos, aprendizajes y preguntas que continúan construyéndose en la vida cotidiana de la casa. Las niñas y los niños que participaron seguirán creciendo junto a ella, creando otras formas de expresar y narrar el territorio que habitan.


