Instituto Distrital de Patrimonio Cultural

Mirar el barrio: una invitación a narrar el patrimonio desde la fotografía

Mirar el barrio: una invitación a narrar el patrimonio desde la fotografía

Mirar el barrio: una invitación a narrar el patrimonio desde la fotografía

Mirar el barrio: una invitación a narrar el patrimonio desde la fotografía

marzo 25, 2026

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Cada barrio guarda una forma de mirar la ciudad. En sus calles, en sus ritmos y en lo que parece cotidiano, el patrimonio se construye todos los días.

Desde ahí parte el Premio de Fotografía: Registra tu patrimonio barrial 2026, una convocatoria que desde el 2017 integra la oferta del Programa Distrital de Estímulos e invita, desde el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, a narrar esas historias desde la experiencia propia de quienes habitan Bogotá.

Las inscripciones para este premio están abiertas del 5 al 31 de marzo de 2026. Pueden participar personas colombianas o extranjeras mayores de 18 años que residan en Bogotá. La convocatoria otorgará cuatro premios de $3.500.000 cada uno y propone la realización de una serie fotográfica que recorra un barrio, identificando en él expresiones de patrimonio material, inmaterial o natural.

Además de registrar lugares, lo que se busca es posibilitar la construcción de miradas que reconozcan cómo el patrimonio aparece en la vida cotidiana y cómo puede ser narrado desde la experiencia propia y cotidiana. Esa posibilidad ya tomó forma en las propuestas ganadoras de 2025:

Cuando el cine y la ciudad construyen memoria

La fotógrafa Luzdey Ortega Leiva llevó su lente al corazón histórico de la ciudad con su serie Patrimonio cinematográfico del barrio Centro Administrativo en La Candelaria. Su propuesta retrata calles y edificios y también revive memorias.

A través de sus imágenes, Luzdey explora el barrio Centro Administrativo, en el sector histórico de La Candelaria, resaltando su valor arquitectónico, cultural e histórico. Lugares emblemáticos como el Pasaje Hernández, el centro histórico y la Plaza de Bolívar aparecen como escenarios en los que convergen la historia política del país, la vida cotidiana y las narrativas cinematográficas.

Al combinar fotografías actuales compuestas en capas con escenas de películas filmadas en el sector, su trabajo reflexiona sobre la relación entre el cine, memoria colectiva y patrimonio urbano, evidenciando cómo estos espacios han sido reinterpretados con el tiempo.

Así, la primera capa de cada fotografía refleja el espacio físico actual, mientras que la última presenta un fotograma representativo de las películas, enfatizando cómo el cine se convierte en memoria viva y activa del patrimonio bogotano. Este recorrido invita a comprender cómo el patrimonio cultural se alimenta y resignifica a través del cine, ofreciendo nuevas miradas y narrativas que enriquecen la percepción ciudadana sobre este icónico sector de Bogotá.

“El patrimonio no es estático: el cine transforma la percepción de los lugares y contribuye a resignificar su valor cultural, convirtiéndose en una forma de memoria viva”, afirma Luzdey Ortega Leiva.

Pasaje Hernández

Dos tiempos conviven en un mismo pasaje: el eco del pasado se funde con la vida que transita hoy este corredor histórico, símbolo arquitectónico del esplendor capitalino de comienzos del siglo xx. Esta fotografía captura esa relación entre espacio real y ficción cinematográfica.

La estrategia del caracol

Superposición que conecta la memoria cinematográfica con el territorio, evocando las luchas sociales, resistencia y dignidad popular que durante años han habitado el centro de la ciudad, espacios cargados de significado social para nuestro patrimonio histórico. 

La historia del baúl rosado

Inspirada en la película La historia del baúl rosado, este thriller cinematográfico presenta una intervención visual que pone en tensión la imagen urbana con narrativas cinematográficas, explorando los límites entre la realidad, la ficción y el misterio aportando nuevas capas interpretativas al entorno cotidiano. 

La sociedad del semáforo

Nos relata un universo colorido y caótico presentado por la película La sociedad del semáforo, filmada en las calles del Centro Histórico y Administrativo de Bogotá. La fotografía invita a reflexionar sobre cómo se construye y transforma el patrimonio a partir de la apropiación diaria del espacio urbano, explorando la relación entre el individuo y la ciudad desde una perspectiva íntima. 

La belleza de lo cotidiano en movimiento

Por su parte, Daniela Gómez Vanegas, con su serie Ritmos de Viernes, dirige la mirada hacia el barrio Samper Mendoza para revelar aquello que muchas veces pasa desapercibido: la riqueza de lo cotidiano.

Sus fotografías capturan el pulso cambiante del barrio a lo largo del día, desde la intensidad comercial hasta los momentos de pausa, donde emergen otras formas de habitar el espacio.

“El patrimonio también está en la gente, en sus oficios y en lo que ocurre todos los días frente a nosotros”, señala.

Fuego y Encuentro

En la frontera occidental del Samper Mendoza, cerca del mercado nacional de plantas, se encuentra un asadero santandereano que se ha convertido en un punto de convergencia para la comunidad. Entre brasas encendidas y ritmos acelerados, el asadero se convierte en un punto de encuentro donde el trabajo y la vida del barrio se entrelazan.

El latonero de siempre

La imagen capta el latido cotidiano de una familia unida por el trabajo: un oficio tradicional en el barrio que ha sabido adaptarse a la vida urbana contemporánea. Aquí, la labor es liderada por una mujer en un campo históricamente masculino, con cada miembro de la familia aportando al oficio. Son un reflejo de lo que ocurre en otros talleres, bodegas y fábricas de la zona, donde el trabajo se entrelaza con la vida cotidiana y familiar.

Entre herramientas, autos y puertas abiertas, el taller se convierte en un escenario donde el oficio y la vida familiar transcurren al mismo tiempo.

Ritmos en Convergencia

Escena cotidiana en una calle del barrio donde peatones, vehículos y actividades comerciales comparten el espacio urbano, en medio del tránsito y las conversaciones, se teje un ritmo propio donde cada instante suma a la vida cotidiana.

Silo

El silo de la plaza de Paloquemao se alza con imponencia durante la tarde, domina el horizonte, silencioso, mientras en primer plano la rutina continúa entre carros, bicicletas y oficios que no se detienen. La presencia del reciclador evidencia la persistencia de un esfuerzo que continua.

Entre la memoria rural y las tensiones del territorio

A estas miradas se integra la de Luisa Vélez con la serie Paisajes de Relleno, que dirige la atención hacia Pasquilla, en Ciudad Bolívar, un territorio donde lo urbano se encuentra con lo rural.

El recorrido visual abarca desde el cementerio del pueblo hasta la Laguna del Alar, atravesando huertas, bosques y páramo. Allí conviven la cultura campesina y ecosistemas de gran valor con amenazas ambientales latentes.

Mediante una técnica que fragmenta la imagen, la propuesta refuerza la idea de un territorio en tensión y fragilidad. En sus fotografías aparecen saberes agrícolas, acueductos comunitarios y paisajes que hacen parte del sistema Cruz Verde–Sumapaz, revelando un patrimonio frecuentemente invisibilizado.

“Reconocer la ruralidad como parte de Bogotá es fundamental para proteger su identidad y su futuro”, explica Luisa.

Un cementerio rural en los límites de la ciudad

El gris urbano cede gradualmente ante el verde rural. Al llegar al pueblo de Pasquilla, se obtiene una vista privilegiada de las montañas de la zona rural de Usme, su pueblo y las veredas de Olarte y el Destino, generando una sensación de cohesión territorial. La primera parada de este recorrido es el cementerio de Pasquilla, que data de 1938. 

En los márgenes de la ciudad, el cementerio rural aparece como un espacio de transición donde convergen lo urbano y lo natural, evidenciando cómo la periferia se convierte en territorio de memoria y descanso.

Sembrando saberes

Esta segunda estación refleja la evolución agrícola del territorio. Inicialmente predominaron cultivos autóctonos como habas, cubios, ibias y chuguas. Con la llegada de la cervecería alemana a Usme, se introdujeron el trigo y la cebada, seguidos posteriormente por la papa y la arveja. En tiempos recientes, la agricultura ha cedido espacio a la ganadería lechera debido a la baja rentabilidad de los cultivos tradicionales.

Más allá de la producción agrícola, este entorno representa una forma de resistencia cultural frente a los cambios económicos, reafirmando la importancia de la biodiversidad y las prácticas tradicionales. La composición visual destaca la relación íntima entre las personas y su territorio, mostrando cómo el trabajo rural no solo sustenta la vida, sino también la identidad colectiva.

De la frontera urbana-rural al bosque altoandino

Cuenta la historia que, en 1912, Monseñor Reinaldo Caribello, al observar la topografía desde Piedra Parada, comparó la zona con la región de Pasca. Al verla más pequeña, la bautizó como Pasquilla, un nombre que hoy es sinónimo de herencia arriera y campesina.

La fotografía captura el punto exacto de transición: al fondo, el casco urbano de Usme y la actividad de Pasquilla; en primer plano, la vegetación nativa que emerge con fuerza, dejando atrás la huella humana para dar paso a la biodiversidad.

El antiquísimo Páramo de las Mercedes

A 3600 metros de altura, la densa niebla marca el fin de los ecos citadinos. Es el punto de metamorfosis donde el bosque altoandino cede el paso al ecosistema de páramo, en los límites de Ciudad Bolívar.

La imagen captura la relación sagrada entre el campesino y la montaña. Para la comunidad, el páramo no es solo un paisaje, es el acueducto comunitario y el patrimonio ambiental que protegen con plena conciencia.

El regreso a casa: la mirada de Valentina Reyes

Para Valentina Reyes, no fue solo un ejercicio técnico, sino un proceso de reconciliación. Tras una adolescencia marcada por el deseo de escapar del Garcés Navas en busca de entornos «bohemios» o «cool», la vida le enseñó que el verdadero refugio estaba en el origen. «El barrio me recibió, me abrazó», confiesa Valentina al recordar su regreso tras una etapa difícil a los 23 años. Fue en esos 12×6 metros cuadrados de su casa familiar donde recuperó la paz y redescubrió el valor de su linaje: una familia que vio nacer el barrio y que encarna la nobleza del sector obrero.

Hoy, su lente no busca lo exótico, sino lo profundamente humano. A través de la cotidianidad, Valentina plasma lugares comunes —el taller, el puesto de comida, la mesa dominical— que, aunque cargan con el estigma de la «mala fama», desbordan dignidad. Su obra es un espejo donde cualquier habitante del barrio popular puede verse reflejado, transformando lo ordinario en un símbolo nacional de identidad y resistencia.

El ocio y la juntanza

Las «boliranas», con sus colores gastados y su transición de lo mecánico a lo digital, son los objetos centrales que han presenciado las historias del barrio. Los muebles apilados y las canastas de cerveza hablan de tiempos de reunión y alegría compartida.

Aunque por ahora el silencio domina el lugar, la imagen captura la esencia de un rincón que sigue siendo un punto de reunión vital para el barrio, donde el tiempo se mide en partidas y apuestas amistosas.

Fritanga y gallina

Más que un negocio, el puesto de fritanga es «historia viva». Aquí no hay pretensiones; el aroma a grasa se lleva como una insignia y el cuchillo guarda décadas de historias incrustadas en su hoja. Las bandejas metálicas sirven mucho más que carne y papa. Es el refugio del madrugador, del trabajador y del vecino, donde la generosidad asegura que nadie se vaya con hambre.

La mesa

Los domingos en el barrio la cocina de casa se apaga para dar paso al encuentro en los pequeños restaurantes. Es un momento donde el tiempo parece detenerse antes de que el lunes vuelva a apretar el paso. La fotografía captura a una familia reunida, reflejada en un espejo gastado por los años.

Una casa a cuotas

Este grafiti es memoria en el concreto. Esta imagen evoca la historia de un barrio que no nació de la nada, sino que fue «construido con esfuerzo, a cuotas y con esperanza». Para sus habitantes, tener casa propia no fue un privilegio, sino una conquista ganada con trabajo duro.

Zapatos

El zapatero del Garcés Navas no necesita mucha presentación: su rostro, sereno y curtido, y el desorden organizado de su taller cuentan su historia. La imagen captura a un zapatero en su taller, rodeado del «desorden organizado» de herramientas y frascos que cuentan historias de años de trabajo dedicado. Su rostro sereno es el de alguien que conoce bien su oficio.

Estos cuatro proyectos, ganadores de la edición 2025 del premio, coinciden en que el patrimonio está  también en las historias, las personas y las memorias que se construyen a diario.

Esa es, justamente, la apuesta del Premio de Fotografía: Registra tu patrimonio barrial: abrir espacio a miradas capaces de reconocer y narrar lo que hace único cada territorio.

Quienes quieran participar pueden profundizar en los detalles de la convocatoria a través de las sesiones de socialización, espacios pensados para compartir preguntas, enfoques y formas de construir esas miradas.

La próxima será el 26 de marzo a las 5:00 p. m., a través de Google meet.

Porque Bogotá aún tiene miles de historias por ser miradas de nuevo, y cada barrio —con sus ritmos, sus tensiones y sus formas de habitar— sigue siendo una posibilidad de relato.