Caminando entre tumbas del Antiguo Cementerio de Pobres, que se niega a desaparecer octubre 26, 2022 – Publicado en: noticias – Etiquetas:

Durante siglo y medio el Cementerio de Pobres fue el más grande e importante de la ciudad de Bogotá, pero hoy nadie lo conoce por ese nombre, debido a la fracturación y desalojo de los muertos que ha tenido a lo largo de su historia.

 

Del costo de la vida, al costo de la muerte. Foto: Revista Cromos (16-11-1946).

A pesar de que es un lugar abandonado desde hace varios años, sigue manteniendo su esencia y guardando memorias rituales, por lo ha sido declarado Bien de Interés Cultural para la ciudad de Bogotá.

Intimidades del Cementerio de Bogotá.

Intimidades del Cementerio de Bogotá. Foto: Revista Cromos (30-10-1948)

 

En este episodio, con la ayuda de la investigadora Eloísa Lamilla Guerrero, podrás imaginar cómo es caminar entre sus columbarios, quien además se ha encargado de reconstruir su historia para el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural de Bogotá (IDPC), que ha iniciado su restauración con miras a abrirlo al público en el futuro.

El Cementerio de Pobres está ubicado en los terrenos del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación sobre la Calle 26 con Carrera 19b, en la localidad de Santa Fe, y aunque formalmente no está abierto al público, tal vez puedas visitarlo si te unes a las jornadas de recorridos que promueve el IDPC.

Detalle Aerofotografia

Detalle Aerofotografia Foto: ICAG, marzo 21 de 1952.

El día 30 de agosto del 2021 el equipo de Bienes Muebles y Monumentos de la Subdirección de Protección e Intervención del Patrimonio del IDPC, recibió por parte de la comunidad de Suba la información que había sido afectada dicha escultura, ubicada en el separador de la Avenida Suba con carrera 77, barrio Altos de Suba, localidad de Suba. El IDPC adelantó la respectiva visita técnica, durante la cual se evidenció que la escultura en bronce fundido que representa la figura femenina de cuerpo entero sentada le había sido cortada y extraída una de sus piernas, además de los lazos del columpio donde se encontraba sentada. 

Por lo anterior y debido a casos de hurtos similares que se presentaron en la zona, el IDPC como medida de gestión del cuidado y protección del patrimonio, realizó el desmonte preventivo de esta escultura e inició el proceso de restauración mediante el uso de la póliza con la que cuenta esta entidad.

Escucha este episodio o descárgalo aquí

Cortinilla:

Esto es Cultura en Bogotá, un podcast de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte. 

Periodista:

Bienvenidos todos y todas a este nuevo episodio de Cultura en Bogotá. En esta ocasión tendremos un episodio muy interesante en el que caminaremos en medio de las bóvedas que aún están en pie de los llamados columbarios, el Cementerio de los Pobres, en pleno Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Este lugar, aunque estuvo agonizando y casi a punto de morir, ha sabido salir a flote y todavía cuenta la historia de quienes aquí estuvieron enterrados y las memorias rituales de sus seres queridos. 

Acompáñenos entonces a descubrir ese lugar sobrecogedor y la importancia de su historia para la ciudad, para las generaciones pasadas y también para las futuras. 

Cabe resaltar que este lugar fue declarado como Bien de Interés Cultural del Distrito en 2020. 

Para entender mejor este espacio, hicimos un recorrido con Eloísa Lamilla Guerrero, investigadora del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, el IDPC. 

Eloísa Lamilla:

Soy antropóloga, soy especialista en patrimonio cultural y desde hace aproximadamente 10 años estoy enfocada en el trabajo del patrimonio funerario. Me interesa mucho el fenómeno de la muerte, las prácticas rituales asociadas a entender y a transitar por la pérdida de un ser querido. Y también me interesan mucho los cementerios como lugares fundamentales de la historia de la cultura y de la vida de la ciudad. 

Periodista:

Bueno, hoy estamos acá, en los columbarios, en el Centro Memoria, Paz y Reconciliación ¿qué ha significado históricamente este lugar para la ciudad?

Eloísa Lamilla:

Bueno, este lugar ha tenido muchos significados, es un lugar histórico y simbólico fundamental de la ciudad de Bogotá desde hace mucho tiempo, sin embargo, quedó arrasado por el crecimiento mismo de Bogotá. La ciudad se empieza a hacer en la parte del Oriente, en todos los Cerros Orientales viven los vivos, se instalan allí las zonas de habitación de los vivos, y en el Occidente, que eran potreros, se instalan a los muertos. Entonces, toda esta zona en la que ahora estamos parados, era para enterrar a nuestros difuntos. En la parte más oriental tenemos la Elipse Central y el Trapecio, donde se ubicaban las élites, las familias prominentes, los políticos, los militares, generalmente hombres blancos, letrados, heterosexuales y sus familias. Y en esta parte, digamos, al costado más occidental, se establece la zona que en 1.865 se le llamó el Cementerio de Pobres, donde venían a parar las grandes mayorías de las clases populares y las clases medias que no tenían grandes apellidos o no tenían los recursos para estar en el Cementerio Central. Adicionalmente, también teníamos el Cementerio de Impenitentes, donde enterraban a las personas suicidas, ateas, digamos que, proscritas de la religión católica. Teníamos también el Cementerio Británico, al costado oriental de la Elipse, el Cementerio Alemán y el Cementerio Judío, que todavía siguen prestando servicios. Entonces, este era el gran gran complejo funerario del Santa Fe. Lugar fundamental de la vida social y la vida ritual de la ciudad y de los bogotanos, y por supuesto, de los migrantes. 

Periodista:

¿Esto hace parte como tal de lo que hoy conocemos como el cementerio central?

Eloísa Lamilla:

 Exactamente, este lugar tuvo muchos nombres, pero entre uno de esos, pues ya al final fue el Cementerio Central. Si bien la gente solamente asocia al cementerio central, a la parte de la elipse y el trapecio, esta parte de los columbarios y donde está también el Centro Memoria, también se le conocía como el Cementerio Central, Cementerio Distrital, incluso en algún momento se le llamó el Cementerio Nuevo, pero nosotros hemos querido reivindicar el nombre original que es el de Cementerio de Pobres, como una manera de llamar la atención sobre esa segregación que se establece entre los muertos. No mucho se ha escrito sobre los de la élite, pero muy poco se ha contado sobre los muertos del Cementerio de Pobres y hemos encontrado información en los libros necrológicos que eran personas de las clases ubreras, por supuesto campesinos, agricultores, jornaleros, muchas trabajadoras domésticas, soldados, muchos niños también, chicheras, sastres, modistas. Es decir, todos los oficios artesanales. Y también, pues otros, oficios como abogados, estudiantes, que son los que construyen la ciudad. 

Periodista:

¿De estas historias en particular han logrado identificar de pronto la vida de alguna de estas personas como, digamos más en detalle? 

Eloísa Lamilla:

Sí, por supuesto, pues la investigación se ha centrado en conocer el espacio, en conocer cómo se transformó durante el siglo y medio que estuvo en uso. Es decir, fue desde 1865 hasta el 2000 que estuvo este espacio en uso como un espacio funerario, como un espacio ritual devocional de mucha efervescencia y también puedes conocer las historias de vida, pero sobre todo de muerte de las personas que estuvieron aquí enterradas. 

Aquí les voy a leer algunos de los registros que hemos encontrado sobre los muertos, específicamente, este es muy bello. 

“1934. Registro 563, Rosa María Moreno. Hija de Estefanía Moreno, de 20 años, natural de Soatá, soltera, oficios domésticos, murió el 27 a las 6:00 h PM, en la Carrera décima a número 7 – 63, de herida perforante del tórax y de los miembros inferiores, por instrumento cortante y punzante, según certificó el doctor Martínez, quien practicó la autopsia ordenada por el juez presente de la Policía Nacional que obtuvo licencia para inhumar el cadáver en el área. 

Periodista:

No soy experta en esto, pero ¿parece como si la hubieran asesinado?

Eloísa Lamilla:

Es un feminicidio, podemos nombrarlo así, aunque en ese momento no se nombrara de esa manera. La forma como se describe la muerte es de una sevicia que nos permite determinar que es un feminicidio, en 1934. 

Cuña Línea Calma:

  • Parce, estoy súper mal, terminé con mi pareja y no sé qué hacer. 
  • Uff parce, pues yo creo que lo mejor que usted puede hacer es llamar a la línea calma. 
  • ¿Línea calma? ¿Qué es eso? 
  • Mire usted puede llamar al 018000423614 y allá hay profesionales que lo van a atender y lo van a ayudar. 

Eloísa Lamilla:

Hay de todas clases de muertes y sabemos que había muchas muertes por causas pulmonares o de bronquios, en una ciudad donde el clima, incluso hoy, pues es tan volátil, es tan variado, pues la gente también se enfermaba mucho de los pulmones. Las mujeres, sobre todo, por cocinar con leña; tenemos causas de enfermedad por accidentes de tránsito, sobre todo en los 30, cuando empieza también el crecimiento de la ciudad; tenemos causas de accidentes por temas renales, sobre todo en las trabajadoras domésticas. quienes pasan mucho tiempo sin tomar agua o sin ir al baño; tenemos temas en mujeres asociados a partos, a embarazos y abortos. Hay una causa de muerte muy recurrente a principios del siglo XX que es miseria fisiológica. Y es que la gente se moría literalmente de una carencia de vitamina B2, que es una vitamina que nos la da comer carne, huevos, leche y mucha gente moría porque no tenía esa posibilidad. Hay una precariedad, también en la vida, ¿no? que se ve reflejada en la muerte. Y eso es también como la reflexión que queremos. Esta era una población migrante, sí notaste, ella viene de Soatá, y entonces hemos encontrado también muchas personas que vienen de las de la zona cundiboyacense y de otras partes del país que están llegando a buscar mejores oportunidades y pues se encuentran con una vida muy difícil aquí en Bogotá, pero pues que construyeron también y aportaron al crecimiento de esta ciudad. 

Sabemos que antes del 2.000 este cementerio era usado por buena parte de la ciudad de Bogotá, era el cementerio más grande que había. Entonces había una oferta muy importante. Quiero contarles también que el cementerio ha cambiado a como lo hemos visto, pues en el antiguo cementerio, al principio, se enterraba a la gente en el suelo, y las marcas, pues, eran las cruces en tierra, muy característico, como en los campos santos de los pueblos. Pero con el paso del tiempo, también se empiezan a construir edificaciones que son específicamente los columbarios que empiezan en 1.947 y es el lugar donde se empieza a disponer a la gente.

Periodista:

¿Qué es específicamente un columbario?

Eloísa Lamilla:

El término columbario viene de una etimología romana, se asocia a Columba y es como el lugar donde reposan las palomas, y sabemos que la estética de estos lugares está asociada justamente una arquitectura romana, sin embargo, también con una estética muy criolla, por así decirlo y sobre todo, con unos materiales muy locales como el bareque, como la esterilla, como la teja de barro. Entonces se adaptó, digamos, esa estética funeraria muy popular que venía del mundo antiguo, del mundo clásico, al modelo de Colombia. 

(se contempla la ruina de un gran muro)

Esto era también un columbario o una estructura funeraria muy grande que está conectada con el barrio Santa Fe. Nosotros le llamamos a esta pared, la culata, que significa literalmente como la huella, o cómo lo llaman los arquitectos, como ese último vestigio de lo que fue una estructura. Y pueden ver que esos cuadrados representan justamente los nichos o las bóvedas donde se colocaban los ataúdes. Esto tenía una pequeña elevación, no era a ras de piso, sino que la gente se subía en unas escaleras y llegaba hasta allá, donde había una cruz pintada de negro. Había una Virgen del Carmen. La Virgen del Carmen en la religiosidad popular está asociada como a la Virgen de la Buena Muerte o a la Virgen de las ánimas benditas. Ella es la que ayuda a las ánimas a salir del purgatorio, entonces aquí estaba una imagen de ella y era un lugar muy importante de la devoción dónde venían a poner velas de sebo, mensajes donde se rayan las paredes y se podía pedir todo tipo de deseos y milagros, y están las placas que si nos acercamos dicen  “Acción de Gracias a las benditas ánimas por los favores recibidos”. 

Periodista:

Bueno, y ¿cuál es la distribución? Porque, digamos, acá podemos ver que hay como unas bases, uno podría decir, a simple vista, como un poco más deterioradas, pero de para arriba, digamos, hay como otro escalón. ¿Había una distribución especial para enterrar a las personas?

Eloísa Lamilla:

Sí, bueno, lo que estamos viendo también es que frente a los muertos de este lugar y frente al espacio, ha habido muchas violencias. Era un lugar muy dinámico la zona donde está ahorita el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación, era la zona de los N.N, era una zona compleja, también porque estaba rodeada del basurero, donde la gente tenía que, casi que pasar por encima de los restos de ataúdes y flores para llegar a tener contacto con esos N.N, pero era muy bella la devoción que había por esos N.N, porque si no había nadie que los que los reclamará, la misma gente reclamaba esos muertos. También hay una distinción social en los columbarios. No es lo mismo estar en un punto céntrico y de fácil acceso a estar un poco más arriba, un poco más abajo, se distinguían la zona de adultos y la zona de niños, por ejemplo. Pero entonces lo que ocurrió es que se arrasa al lugar en el 2.000 y se saca a los muertos. Hay un desalojo de los muertos y también de sus vivos. Hay un desalojo de las prácticas populares y este lugar en el 2.000 pasa a ser deshabitado, completamente fracturado de la ciudad, y queda abandonado durante 22 años. Durante esos 22 años han pasado muchas cosas… se instalan algunas obras de arte, se intenta hacer también del espacio un lugar de memoria. Entonces, cuando hubo uno de los atentados en El Nogal, la gente decide venir a marchar acá, para, digamos, insistir en el proceso de paz… se instala un letrero gigante que dice “La vida es sagrada” … y sin embargo el espacio empieza a caer en un deterioro. Y esos muertos que hubo acá se trataron como escombros. Hay un llamado a las familias para que vengan por ellos, muchas familias nos han contado el peregrinaje que tuvieron que hacer con sus muertos, que incluso casi que es un segundo funeral, ¿no? O sea, se reactiva nuevamente un duelo, y entonces muchas familias se los llevan para las iglesias, para sus pueblos o incluso a otros cementerios de las localidades como Bosa, Kennedy, el Cementerio del Sur recibe muchos, pero muchas otras familias ya no vivían en la ciudad y sus muertos, pues no fueron reclamados y ellos fueron depositados en fosas comunes. 

Sin embargo, la gente nos pregunta mucho si aquí todavía hay muertos. Por supuesto que los hay. Un lugar que duró siglo y medio en uso, todavía estamos caminando sobre un sembrado de muertos, y eso es muy importante reconocerlo, porque muchas veces los proyectos urbanísticos que se han pensado han querido hacer del lugar un parque recreativo, construir canchas de fútbol, canchas de patinaje, frente a una necesidad que sí es clara y es que el Santa Fe no cuenta con espacios lúdicos para su población. Pero, ¿por qué hacerlo sobre los muertos pobres? ¿Por qué creemos que tenemos ese derecho de irrumpir la memoria de las clases medias, de las clases populares, de la gente del común? Entonces lo que está buscando ahora el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural es reivindicar esa impronta que tenía el cementerio en la ciudad. Reconocer ese valor y esa vocación funeraria y esa vocación ritual. Y pensar, sí, en un parque, pero en un parque de la memoria, un parque contemplativo que reconozca esas múltiples memorias y también esas múltiples violencias que se han vivido con esta población. 

A partir de la segunda década del siglo 20 se empieza a fracturar el espacio metiéndole avenidas. Entonces viene la Avenida 19, y luego, la 60, y lo que hemos encontrado en prensa es muy interesante porque cuentan cómo se sacaron los muertos y los ataúdes y estaban ahí al lado, en la “gran vía” que estaba significando el desarrollo ¿no?, es decir, el desarrollo se hace a costa de los muertos, en este caso.

En este espacio todo lo que se escuchan son fábricas, porque ahora hay fábricas de café y de chocolate. Antiguamente había zonas de vivienda, pero esas fueron desalojadas justamente en medio del conflicto que hay con los muertos ¿no?, porque por supuesto estar cerca de los muertos a la gente no le gustaba. Es más, los barrios de Armenia y Santa Fe, el crecimiento de esos barrios se debe también a que eran muy baratos esos terrenos, y un judío compra esos terrenos para hacer vivienda, pero siempre dándole la espalda a los muertos, porque nadie quería vivir cerca de un cementerio. Sin embargo, la ciudad crece tanto que se come también el cementerio. 

Periodista:

Cuéntanos un poco sobre la intervención artística que tienen estos columbarios, que creo que es algo muy llamativo desde fuera, cuando uno pasa cerca. 

Eloísa Lamilla:

Sí, es importante reconocer la obra de Beatriz González. Es una obra posterior al desalojo del lugar. Esto se instala en el 2009 más o menos, en una búsqueda que tiene la artista de pensar la desaparición forzada en Colombia, en un momento en el que no se está hablando de este tema. En Colombia, si no había cuerpo no había delito, y frente a un país que estaba teniendo tanto conflicto y tanta desaparición, pues ella quiere hacer un llamado de atención sobre estas víctimas con su obra Auras Anónimas, y entonces decide cerrar los nichos que habían quedado abiertos. Los nichos se veían, digamos, el fondo de la bóveda, que era una estética muy interesante y ella decide cerrar los en un proyecto que iba a durar solamente tres años. Iba a ser temporal. La idea era que cada tanto otros artistas intervinieran. La obra salva en su momento el espacio de ser derrumbado por completo y ahora se va a mantener permanentemente, lo cual también sigue generando un conflicto, que nos parece muy interesante visibilizarlo, porque si bien la obra es muy interesante y ha permitido un reconocimiento a los columbarios, también ha silenciado el mismo espacio, porque el espacio era un lugar estéticamente muy diverso. Cada tumba era muy distinta, cada lugar era casi que un altar que se le hacía a cada muerto con unos colores, con unos elementos y unos atavíos muy muy particulares, muy propios de cada difunto. Y lo que hizo la obra fue homogeneizar el espacio. Y de alguna manera puso por encima a los muertos de la violencia y ocultó o enterró a los muertos de la ciudad del común ¿No? Lo interesante que está ocurriendo aquí es que este es un lugar con muchas capas, hay muchas capas de sentido que están aflorando en el espacio y ahora mismo una cosa muy interesante, si empezamos a recorrer, los que vamos a encontrar son nombres, fechas, mensajes y decoraciones de los últimos muertos que habitaron el lugar, es decir, el espacio empezó a hablar también y a contarnos esa historia que había quedado como homogeneizada con esta propuesta artística. 

Una cosa muy interesante que pasó y que sigue pasando es que, si bien el lugar fue desalojado y desmantelado y empezó a caer en ruinas, la gente siguió teniendo una relación con este lugar en términos de la muerte y de lo escatológico también. Entonces, al principio, los celadores contaban que incluso la gente seguía arrojando huesos acá, porque era un lugar asociado a la muerte. Incluso todavía encontramos medallitas, mensajes, cruces que la gente ha dejado en el espacio porque hay una remembranza y hay también un vínculo que, si bien está roto, pues sigue ahí latiendo, y ahora el Instituto ha entrado, como a mí me gusta llamarlo, en cuidados intensivos sobre este sujeto hablante que son los Columbarios y que cayeron en el abandono y en el olvido.  Entonces se instalaron estas grandes carpas para cubrir el techo y evitar que se vengan abajo. Se instalaron también como unos refuerzos estructurales en madera, que son también muy bellos, para ayudar a sostener la estructura, pero hay unas zonas que se están derrumbando.

El proyecto que se tiene contemplado es restaurar estos columbarios y convertirlos en un espacio que la gente pueda visitar, pueda recorrer, pueda conocer la historia. Ojalá pensarnos en la posibilidad de que toda la investigación y el archivo que se está construyendo el lugar quede asequible para la gente y lo pueda conocer también, que haya como un museo al aire libre y que además la gente también nos cuente qué era este lugar. 

Yo diría que el primer oficio que ha tenido la humanidad es ser sepulturero. Enterrar a nuestros muertos es lo que también es esa conciencia de cuidado del otro y de además dejarlo en un lugar que ritualizamos y que convertimos también en un lugar de peregrinación. Las tumbas, los cementerios, son lugares fundamentales de visita en muchas partes del mundo, son como documentos abiertos, libros de historia. El presente tiene sentido en la medida en que entendemos también el pasado y entonces creo que es fundamental que conozcamos esta historia de un cementerio que quiso ser borrado de la ciudad, de un cementerio que a nadie le parecía importante contarlo, y de repente nos damos cuenta que es la gente que ha hecho esta ciudad la que está enterrada en este lugar.

Periodista:

El cementerio mismo no ha permitido ser borrado.

Eloísa Lamilla:

Exactamente. El cementerio se ha salvado por sí mismo y sigue ahí, con sus columbarios, sosteniendo una historia que tenemos que desenterrar. 

Cortinilla:

Historias, calle, creación. Esto es Cultura en Bogotá, un pódcast de la Secretaría de Cultura, Recreación y Deporte.