Foto principal: Cortesía de la Alcaldía Local de La Candelaria
Si alguien preguntara cuáles son las manifestaciones de patrimonio cultural inmaterial que hoy acompaña el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural — IDPC, probablemente pensaría en fiestas tradicionales, festivales, oficios, memorias comunitarias o prácticas campesinas. Difícilmente respondería: la comida.
Y, sin embargo, al revisar los distintos procesos que actualmente se desarrollan en Bogotá, la alimentación aparece una y otra vez.
No siempre ocupa el mismo lugar. En algunos casos forma parte de las acciones de salvaguardia; en otros surge durante los diagnósticos participativos; en otros más comienza a perfilarse como un campo de trabajo que merece ser comprendido con mayor profundidad. Pero la recurrencia resulta difícil de ignorar.
La pregunta entonces deja de ser únicamente cuándo una comida se convierte en patrimonio. También invita a preguntarse qué lugar ocupan la cocina, los saberes culinarios y las formas de alimentarse dentro de las prácticas culturales que distintas comunidades reconocen hoy como parte de su patrimonio vivo.
Desde la perspectiva del Patrimonio Cultural Inmaterial, la cultura culinaria comprende un
“sistema de conocimientos, prácticas y procesos sociales relacionados con la producción, la consecución, la transformación, la preparación, la conservación, el manejo y el consumo tradicional de alimentos. También abarca formas de relacionamiento con el entorno natural, reglas de comportamiento, rituales, prohibiciones y estéticas particulares”.
Sin embargo, el recorrido que plantea este texto propone otra entrada. Observar qué ocurre cuando se revisan procesos de patrimonio cultural inmaterial que, aunque persiguen objetivos distintos y se encuentran en momentos diferentes de desarrollo, terminan encontrándose alrededor del alimento.
Los procesos que se presentan a continuación no fueron concebidos para abordar un mismo tema. Sin embargo, al observarlos en conjunto, permiten reconocer cómo las prácticas relacionadas con la alimentación adquieren distintos significados dentro de las manifestaciones de patrimonio cultural inmaterial que hoy acompañan las comunidades y el IDPC.
Cuando la cocina pasó al centro de la conversación sobre el patrimonio
La Fiesta de Reyes Magos y Epifanía del barrio Egipto avanza actualmente en la formulación participativa de su Plan Especial de Salvaguardia ― PES, un proceso que busca comprender, junto con la comunidad, cuáles son los saberes, prácticas y formas de organización que hacen posible la celebración y qué acciones podrían contribuir a su continuidad. Después del concepto favorable emitido por el Consejo Distrital de Patrimonio Cultural en 2025, el trabajo se concentra en la construcción del diagnóstico participativo, una etapa dedicada a escuchar a quienes viven, organizan y sostienen la fiesta.
Durante ese recorrido ocurrió algo que no necesariamente estaba previsto al comienzo del proceso. Al preguntar qué hace única esta celebración, uno de los caminos hacia donde la conversación fue la cocina.
A través de talleres, entrevistas, grupos focales y encuestas realizados con personas de distintas generaciones, la alimentación apareció de manera recurrente como uno de los elementos que la comunidad reconoce como constitutivos de la Fiesta de Reyes. Los alimentos no surgieron únicamente como parte del ambiente festivo o de la oferta para los visitantes, fueron identificados como una razón para asistir y permanecer en la celebración, como una fuente de sustento para numerosas familias del barrio y como un espacio en el que continúan transmitiéndose conocimientos asociados a la preparación y circulación de los alimentos. Entre los niños y niñas que participaron en las actividades del diagnóstico, la experiencia gastronómica apareció incluso como uno de los recuerdos más presentes de la fiesta.
Fotos: Cortesía de la Alcaldía Local de La Candelaria
El proceso también permitió reconocer que esta dimensión enfrenta transformaciones importantes. Algunas preparaciones permanecen en la memoria colectiva, pero sus formas de elaboración han debido adaptarse a nuevas condiciones sanitarias y logísticas. Al mismo tiempo, surgieron preocupaciones sobre el relevo generacional de quienes conservan estos conocimientos y sobre las condiciones que permitirían mantener viva esta tradición en los próximos años.
Quizá esa sea una de las primeras enseñanzas de este proceso. Antes de identificar cuáles son las preparaciones que caracterizan la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía, el diagnóstico ha comenzado a señalar algo más fundamental: que detrás de ellas existen personas, conocimientos y formas de hacer que la propia comunidad considera valiosas. El siguiente paso será comprender mejor esos saberes, las recetas que los expresan y las historias que han permitido que continúen haciendo parte de la fiesta.
¿Qué es un Plan Especial de Salvaguardia (PES)?
Es un instrumento de gestión del Patrimonio Cultural Inmaterial construido de manera participativa con las comunidades para identificar los riesgos que enfrenta una manifestación cultural y definir las acciones necesarias para favorecer su continuidad y transmisión.
Fotos: Cortesía de la Alcaldía Local de La Candelaria
Cuando salvaguardar también significa cuidar el alimento propio
Si en la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía la cocina apareció como uno de los hallazgos del diagnóstico participativo, en el Festival Jizca Chía Zhue ocupa un lugar distinto. Aquí, la relación entre patrimonio y alimentación ya hace parte de las acciones que el Plan Especial de Salvaguardia ― PES desarrolla con la Comunidad Indígena Muisca de Bosa.
El PES, que actualmente cursa su tercer año de implementación, busca fortalecer la continuidad del festival mediante acciones de transmisión, apropiación social, fortalecimiento organizativo y sostenibilidad de las prácticas que le dan sentido. Entre ellas, la promoción y preservación del alimento propio constituye una de las líneas de trabajo definidas por la comunidad y acompañadas por el IDPC.
¿Por qué el alimento propio se convirtió en un asunto de salvaguardia?
La respuesta comienza por el propio lenguaje del proceso. Mientras en otros casos podríamos hablar de cocina o de gastronomía, aquí la comunidad habla de alimento propio. No es una diferencia menor. La expresión desplaza la atención del plato servido hacia todo aquello que lo hace posible: las semillas, el cultivo, el territorio, las formas de producción, los conocimientos que se transmiten entre generaciones y los espacios donde esos alimentos adquieren sentido. Más que nombrar lo que se come, el concepto reúne las relaciones culturales que sostienen la alimentación. Esa manera de nombrarlo también revela algo importante para este recorrido: las prácticas relacionadas con la alimentación no ocupan el mismo lugar ni se comprenden de la misma manera en todos los procesos de patrimonio cultural inmaterial.
Desde esa perspectiva, la salvaguardia no se limita a preservar preparaciones tradicionales. Durante el proceso se identificó que las transformaciones del territorio han modificado profundamente las formas de producir alimentos. El crecimiento urbano y los cambios en el uso del suelo redujeron los espacios donde las familias cultivaban maíz, tubérculos y otros productos destinados al consumo, al intercambio o a la comercialización. Aunque muchas preparaciones siguen presentes en la vida comunitaria, las condiciones que hicieron posible esos saberes ya no son las mismas.
Fotos: Cortesía del Cabildo Muisca de Bosa
En este contexto, salvaguardar también significa generar las condiciones para que esos conocimientos puedan seguir transmitiéndose.
Por eso, el alimento propio atraviesa distintos momentos de la vida de la comunidad. Está presente en las celebraciones familiares, en los espacios ceremoniales, en los cambios de fuego y en el propio festival, donde las familias organizan puestos para compartir y ofrecer sus preparaciones. Allí, el alimento no cumple únicamente una función de consumo o de intercambio económico. También fortalece los vínculos comunitarios, activa la memoria colectiva y mantiene vivos conocimientos que continúan pasando de una generación a otra.
Las acciones previstas dentro del PES buscan precisamente fortalecer esa continuidad. El proceso contempla la promoción del alimento propio, la recuperación y transmisión de conocimientos culinarios, el fortalecimiento de emprendimientos gastronómicos y de sus cadenas de valor, así como la creación de espacios que permitan visibilizar estas prácticas dentro y fuera del festival.
Los alimentos que aparecen en este proceso también hablan de esa relación entre territorio y memoria. El maíz ocupa un lugar central, junto con productos como las chuguas, los cubios, las habas y las papas. Preparaciones como la mazamorra, los envueltos, las arepas y los tamales —cuyas formas de elaboración también han cambiado con el tiempo— conviven con bebidas tradicionales como la chicha, el guarapo y el masato. Muchas de estas preparaciones continúan transmitiéndose principalmente a través de las mayoras y otras mujeres de la comunidad, quienes conservan conocimientos sobre la selección de los ingredientes, las formas de preparación y los momentos en que cada alimento acompaña la vida familiar y ceremonial.
Quizá por eso una de las expresiones recogidas durante el proceso resume mejor que cualquier definición el lugar que ocupa el alimento propio dentro del Festival Jizca Chía Zhue:
«el alimento une, el fogón une, el fogón llama» (CIMB, 2020).
La frase habla de cocinar como una práctica que convoca a la comunidad, fortalece la transmisión de saberes y mantiene viva una relación con el territorio que hoy el proceso de salvaguardia busca cuidar para las siguientes generaciones.
Fotos: Cortesía del Cabildo Muisca de Bosa
Cuando las paradas también hacen parte del recorrido
A diferencia de otros procesos, en el Plan Especial de Salvaguardia — PES de la Cultura Bogotana de los Usos y Disfrutes de la Bicicleta la alimentación no constituye un eje específico de salvaguardia. Sin embargo, durante la formulación participativa del plan comenzó a hacerse visible como una dimensión inseparable de la experiencia cultural que viven quienes recorren la ciudad sobre dos ruedas.
Esto se explica por la manera en que el propio PES entiende la manifestación. Más que reconocer únicamente la práctica de montar en bicicleta, el proceso identificó un entramado de significados, relaciones sociales, saberes, oficios, economías y formas de habitar el territorio que se articulan alrededor de ella. Desde esa perspectiva, la experiencia ciclista no termina en el desplazamiento: también comprende los lugares donde las personas se encuentran, descansan, conversan, intercambian experiencias y comparten alimentos.
Esa mirada amplia permitió reconocer prácticas alimentarias asociadas a la Ciclovía, a las rutas urbanas y periurbanas y a las rodadas organizadas. Las paradas para tomar un café, compartir una aguapanela, comer un bocadillo, un tamal, una arepa o un caldo cumplen una función que va más allá del abastecimiento: se convierten en momentos de encuentro en los que circulan memorias sobre las rutas, conocimientos mecánicos, experiencias de viaje y formas de apropiación del espacio público.
Fotos: Instituto Distrital de Recreación y Deporte – IDRD
El mismo proceso permitió identificar que alrededor de la bicicleta también se desarrollan economías populares vinculadas a la alimentación. Además de talleres, comercios y oficios especializados, el PES reconoce actividades como la venta de alimentos y bebidas desde bicicletas y triciclos, así como servicios de alimentación que históricamente han acompañado los recorridos ciclistas. Estas prácticas hacen parte de la red económica y social que sostiene la cultura bogotana de la bicicleta.
En este caso, la alimentación no aparece porque exista una «gastronomía de la bicicleta» como un campo independiente. Aparece porque el proceso de salvaguardia entendió que el patrimonio de esta manifestación también se construye en los vínculos sociales, las economías populares y los rituales cotidianos que acompañan cada recorrido. Compartir un alimento durante una rodada hace parte de esa forma de habitar la ciudad y de construir comunidad alrededor de la bicicleta.
Fotos: Instituto Distrital de Recreación y Deporte – IDRD
Cuando la cocina articula todo el sistema de la plaza
En las plazas distritales de mercado, la alimentación ocupa un lugar distinto al que tienen los procesos anteriores. No aparece únicamente como una práctica asociada a una celebración, una comunidad o una forma de recorrer la ciudad. Aquí organiza buena parte de las relaciones económicas, sociales y territoriales que sostienen la vida cotidiana de Bogotá.
Las plazas han participado históricamente en la producción, comercialización y distribución de alimentos, desde los intercambios del periodo prehispánico hasta las dinámicas contemporáneas de abastecimiento. Por eso, son también espacios de construcción, recreación y resignificación permanente del patrimonio gastronómico: allí convergen productos, conocimientos, técnicas, trayectorias familiares y relaciones entre el campo y la ciudad que mantienen vigentes distintas formas de preparar, vender y consumir alimentos.
Esa complejidad es uno de los asuntos que busca comprender el Inventario de Patrimonio Vivo de las Plazas de Mercado de Bogotá. El proceso comenzó en 2024 y se desarrolla con las comunidades vinculadas a las 19 plazas que integran el Sistema Distrital de Plazas de Mercado. Durante 2024 y 2025 se llevaron a cabo las tres fases del primer momento metodológico de los Caminos para la Salvaguardia y dos de las tres fases del segundo. En 2026, el trabajo se ha concentrado en la tercera fase de este segundo momento, denominada Profundizar para comprender, orientada a caracterizar con mayor detalle los oficios identificados junto con las personas participantes.
El inventario todavía se encuentra en desarrollo. Sin embargo, el trabajo adelantado ha permitido establecer que las prácticas patrimoniales de las plazas se inscriben principalmente en el campo de los oficios y saberes tradicionales, tal como lo define la Política de Salvaguardia del Patrimonio Cultural Inmaterial de Colombia. En este campo se han reconocido saberes culinarios y técnicas de transformación de alimentos, prácticas de comercio y abastecimiento, conocimientos sobre plantas medicinales y cuidado, servicios para la comunidad y actividades de producción artesanal.
Dentro de este conjunto, los oficios asociados a la preparación y transformación de alimentos permiten observar con especial claridad la manera en que la cocina articula el funcionamiento de las plazas. Restaurantes, piqueteaderos, cafeterías, fruterías y cocinas tradicionales reúnen conocimientos sobre ingredientes, técnicas de manejo y cocción, organización del trabajo, atención al público y administración del servicio alimentario. Estos saberes se adquieren mediante la transmisión familiar, la experiencia cotidiana y, en algunos casos, procesos de formación complementaria.
La diversidad de preparaciones también muestra que no existe una única cocina de plaza. Fritangas, envueltos, jugos, comidas rápidas, platos regionales, desayunos, preparaciones de cafetería y productos de frutería conviven en un mismo espacio. Cada especialidad remite a trayectorias territoriales y culturales distintas, de modo que las plazas funcionan como lugares donde las cocinas regionales se encuentran, se adaptan a la vida urbana y continúan transmitiéndose.
En este entramado, las mujeres han tenido un papel protagónico. Muchas lideran los oficios de preparación, transformación y comercialización de alimentos, sostienen redes de apoyo, organizan actividades comunitarias y transmiten conocimientos culinarios y comerciales. Madres, abuelas, trabajadoras y colaboradoras enseñan técnicas, ajustan recetas y forman a nuevas generaciones mediante un conocimiento que no siempre está escrito, pero que se actualiza todos los días en la práctica.
Esa transmisión ocurre, además, en condiciones laborales exigentes. Una misma persona puede encargarse de cocinar, servir, cobrar, administrar y resolver las necesidades del negocio. Su jornada incluye la compra de insumos, la preparación previa, la cocción, la atención al público, la limpieza y la planificación del día siguiente. En muchos casos, especialmente entre las mujeres, estas responsabilidades se suman a las labores domésticas y de cuidado. La continuidad de estos oficios depende, por tanto, no solo de conservar las recetas y las técnicas, sino también de las condiciones que permiten ejercerlos y transmitirlos.
La cocina tampoco funciona de manera aislada dentro de cada local. Los restaurantes compran insumos a los puestos vecinos, alimentan a comerciantes y trabajadores de otros oficios y mantienen relaciones con campesinos, proveedores y compradores habituales. Se configura así una red interna de circulación económica y social en la que preparar alimentos contribuye a sostener el conjunto de la plaza. Una receta, un producto o un plato servido forman parte de una cadena más amplia de relaciones que conectan la producción rural, el abastecimiento urbano y la vida cotidiana de quienes trabajan y se encuentran allí.
También por eso las plazas pueden entenderse como archivos gustativos y emocionales de la ciudad. Los clientes que regresan durante años, las recetas que pasan de una generación a otra y los platos que remiten a diferentes regiones del país conservan memorias familiares, territoriales y comunitarias. A la vez, prácticas como la reducción de desperdicios, la donación de alimentos y la oferta de comidas a precios accesibles vinculan estos oficios con el acceso a una alimentación culturalmente pertinente y con la seguridad alimentaria de las comunidades.
En este caso, la alimentación no constituye solamente uno de los patrimonios presentes en las plazas. Es una práctica que relaciona buena parte de sus oficios, economías, memorias y vínculos sociales. El inventario en curso busca comprender con mayor profundidad ese sistema y reconocer las condiciones necesarias para que los conocimientos y las relaciones que lo sostienen puedan permanecer vivos.
Cuando el alimento comienza en la tierra
Si en las plazas de mercado la cocina permite observar cómo circulan los alimentos y cómo se articulan distintas economías y relaciones sociales, el Inventario de Patrimonio Vivo de la cuenca del río Tunjuelo conduce la mirada hacia los territorios donde una parte de esos alimentos se siembra, se cosecha y se transforma. En la ruralidad de Usme y Ciudad Bolívar, las prácticas alimentarias no pueden separarse de las formas de producción, de los conocimientos sobre la tierra ni de las maneras en que las comunidades campesinas han sostenido históricamente la vida en el territorio.
El proceso de inventario comenzó a finales de 2024 y vincula a las comunidades de 24 veredas: 15 de Usme y nueve de Ciudad Bolívar. Durante 2024 y 2025 se desarrolló el primer momento de la hoja de ruta y la primera fase del segundo. Mediante recorridos veredales, correrías, encuentros, diálogos y asambleas campesinas, las comunidades identificaron y validaron los campos del patrimonio cultural inmaterial presentes en la cuenca. En 2026, el trabajo ha continuado con espacios de diálogo orientados a profundizar esa comprensión y a priorizar las manifestaciones que serán abordadas por el inventario.
Como ocurre con los demás procesos incluidos en este recorrido, se trata de una investigación todavía en desarrollo. Los resultados son preliminares y continúan siendo discutidos y construidos con las comunidades. Sin embargo, el trabajo adelantado permite reconocer que la alimentación ocupa un lugar importante dentro del patrimonio vivo campesino, no como una práctica aislada, sino como parte de un sistema que relaciona la producción de alimentos, la vida cotidiana, la memoria familiar, las festividades, las economías locales y la defensa del territorio.
En ese entramado, las cocinas campesinas constituyen uno de los principales espacios de encuentro y transmisión. Alrededor del fogón, con frecuencia alimentado con leña, se reúnen los productos sembrados, cosechados y disponibles en cada vereda, así como los conocimientos necesarios para seleccionarlos, conservarlos y transformarlos. La cocina no funciona únicamente como un lugar doméstico o funcional: allí el alimento cuenta la historia del territorio y expresa la relación cotidiana que las familias mantienen con la tierra.
Esa relación puede reconocerse en preparaciones como el envuelto de tres puntas en hoja de quiche, el envuelto de chisgua, los amasijos, las arepas de queso y cuajada, los cuchucos de maíz, cebada y trigo, la mazamorra chiquita, la sopa campesina, la sopa dulce, la joroba, la chucula de siete granos y la colada de plátano. También aparece en bebidas como la chicha y el masato; en productos como la leche, el queso artesanal elaborado en estera de madera, la cuajada y el yogur; y en preparaciones contemporáneas que aprovechan cultivos del territorio, como las fresas acompañadas de crema y arequipe.
Esta diversidad no conforma una lista cerrada ni homogénea de platos representativos. Cada preparación reúne ingredientes disponibles en el territorio, técnicas transmitidas entre generaciones, adaptaciones familiares y conocimientos relacionados con los ciclos productivos. Al documentarlas, el inventario no busca únicamente registrar recetas, sino comprender las relaciones que las hacen posibles y el lugar que ocupan dentro de la vida de las comunidades.
La alimentación también atraviesa los momentos colectivos. La preparación de amasijos durante la Semana Santa, por ejemplo, muestra cómo la cocina se articula con el calendario festivo y se convierte en un espacio para compartir tareas, transmitir conocimientos y renovar vínculos comunitarios. De manera semejante, las ferias, los mercados y otros encuentros permiten que preparaciones nacidas en el ámbito familiar circulen en escenarios públicos, fortalezcan el reconocimiento de la identidad campesina y generen ingresos para las familias.
La transformación y comercialización de alimentos cumple, en efecto, una función económica relevante. La elaboración de quesos, cuajadas, yogures, amasijos y otras preparaciones permite diversificar los ingresos y crear iniciativas productivas a partir de conocimientos arraigados en el territorio. Esta dimensión resulta especialmente significativa para las comunidades, que han planteado el fortalecimiento de las economías locales como una condición para que las nuevas generaciones puedan permanecer en el campo y construir allí sus proyectos de vida.
Pero la continuidad de estas prácticas no depende solamente de saber cocinar. También requiere que existan condiciones para sembrar, conservar semillas, acceder a la tierra y mantener formas sostenibles de producción. Por eso, el patrimonio alimentario identificado en la ruralidad se relaciona estrechamente con la seguridad y la soberanía alimentaria. Las huertas familiares, las semillas propias, la producción campesina y la transformación local de los alimentos fortalecen la autonomía de las comunidades y su capacidad para decidir qué cultivar, cómo hacerlo y de qué manera alimentarse.
Esta conexión permite comprender que las prácticas alimentarias están entrelazadas con otros campos del patrimonio cultural inmaterial: las formas de habitar el territorio, los conocimientos sobre plantas y medicina tradicional, las técnicas de cultivo, el cuidado del agua y de la biodiversidad, las formas organizativas y las luchas por el derecho a la tierra. La cocina condensa muchas de esas relaciones, pero no las agota.
En la ruralidad de Usme y Ciudad Bolívar, el alimento no llega al patrimonio únicamente cuando se convierte en una preparación reconocida. Su valor también reside en las semillas que se conservan, en los conocimientos necesarios para cultivar, en las redes que permiten intercambiar productos y en las decisiones comunitarias que buscan sostener la vida campesina. El inventario en curso permitirá profundizar en esas conexiones y definir, junto con las comunidades, cuáles manifestaciones requieren acciones específicas para favorecer su transmisión y permanencia.
Cuando cocinar también significa mantener vivo un territorio
En los procesos anteriores, la alimentación apareció asociada a la celebración, al territorio, al abastecimiento o a la vida campesina. El Inventario de Patrimonio Vivo del pueblo palenquero en Bogotá incorpora una dimensión distinta: la cocina como una práctica mediante la cual una comunidad recrea, transmite y fortalece su identidad lejos de su territorio de origen.
El proceso hace parte de los compromisos establecidos en el capítulo de Palenque del CONPES 39 y comenzó formalmente en 2024 con el acompañamiento del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural y la Asociación Kuagro Moná Ri Palenque Andi Bakatá. De allí derivó que en el 2025, la comunidad decidiera trabajar sobre los rituales fúnebres, una manifestación fundamental para comprender la memoria colectiva, la espiritualidad y las formas de organización social del pueblo palenquero. Como resultado, se consolidó la ficha de registro de inventario correspondiente en la plataforma SISBIC.
La continuidad del inventario durante 2026 confirma uno de los principios que han orientado este proceso: son las propias comunidades quienes definen cuáles manifestaciones consideran prioritarias para su salvaguardia. Después del trabajo desarrollado alrededor de los rituales fúnebres, el Kuagro Moná Ri Palenque seleccionó la dimensión gastronómica como el siguiente campo de trabajo, en un ejercicio de construcción colectiva acompañado técnicamente por el IDPC.
Esta elección no responde únicamente al valor de unas recetas tradicionales. Para el pueblo palenquero, la alimentación reúne conocimientos sobre ingredientes, técnicas de preparación, formas de organización familiar, memorias ancestrales y significados rituales que forman parte de una identidad construida históricamente a partir de la resistencia, la autonomía y la herencia africana. La cocina constituye, en ese sentido, una manifestación compleja del patrimonio cultural inmaterial, donde convergen saberes transmitidos entre generaciones y maneras particulares de comprender la vida comunitaria.
En Bogotá, estas prácticas continúan vigentes gracias al trabajo cotidiano de la diáspora palenquera. Lejos de San Basilio de Palenque, las familias recrean preparaciones, conservan técnicas culinarias y mantienen vivos conocimientos que fortalecen los vínculos entre quienes llegaron desde el territorio ancestral y las nuevas generaciones nacidas en la ciudad. Las mujeres palenqueras ocupan un lugar central en esta transmisión, pues han sido históricamente las principales portadoras de los conocimientos asociados a la cocina y quienes garantizan su continuidad en los espacios familiares y comunitarios.
La decisión de abordar la dimensión gastronómica también amplía la comprensión del patrimonio vivo palenquero en Bogotá. Si el trabajo realizado durante 2025 permitió reconocer cómo los rituales funerarios articulan la memoria, la espiritualidad y la organización social, el proceso que actualmente se desarrolla permitirá comprender de qué manera la alimentación también participa en la construcción de la identidad colectiva y en la permanencia de los vínculos con el territorio de origen.
En este caso, la cocina no expresa únicamente una relación con los alimentos o con determinadas formas de preparación. Cada receta, cada ingrediente y cada técnica culinaria forman parte de una memoria que ha logrado permanecer viva a través del desplazamiento, la diáspora y la vida urbana. Cocinar también significa recordar, transmitir y recrear una historia colectiva que continúa transformándose sin perder los vínculos con sus raíces.
Este recorrido termina aquí. Al observar conjuntamente los procesos de la Fiesta de Reyes Magos y Epifanía, el Festival Jizca Chía Zhue, la Cultura Bogotana de los Usos y Disfrutes de la Bicicleta, las Plazas Distritales de Mercado, la ruralidad de la cuenca del río Tunjuelo y el pueblo palenquero en Bogotá, la pregunta inicial encuentra una respuesta más amplia. La alimentación no ocupa un único lugar dentro del patrimonio cultural inmaterial. En cada proceso adquiere sentidos diferentes, definidos por las propias comunidades y por las maneras en que comprenden aquello que desean salvaguardar. A veces aparece como celebración, otras como alimento propio, como oficio, como producción campesina o como memoria de la diáspora. Lo que estos procesos muestran es que, cuando las comunidades reflexionan sobre aquello que sostiene su patrimonio vivo, la alimentación termina apareciendo una y otra vez, no como un tema aislado, sino como una práctica capaz de reunir conocimientos, identidades, relaciones sociales y formas de habitar el mundo.
Fotos: Instituto Distrital de Recreación y Deporte – IDRD


