Instituto Distrital de Patrimonio Cultural

Palabras de Patrick Morales Thomas, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante el cierre de gestión 2020 – 2023

Equipo IDPC durante el cierre de gestión 2020-2023

Palabras de Patrick Morales Thomas, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante el cierre de gestión 2020 – 2023

Palabras de Patrick Morales Thomas, director del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural, durante el cierre de gestión 2020 – 2023

diciembre 26, 2023

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Bogotá, 20 de diciembre de 2023

En general, no escribo mis intervenciones. Creo que, en estos cuatro años, solamente una vez he leído unas palabras. Ni siquiera lo hice cuando me citaron, muchas más veces de lo que hubiera querido, al Concejo de Bogotá, a los interminables debates de control político.

Pero esta vez decidí escribir lo que hoy quisiera decirles, porque siento que, tal vez, al escribir(lo) puedo recorrer y precisar muchas imágenes, momentos, sensaciones, lugares e itinerarios que me gustaría tratar de reunir, así sea en los breves instantes en que, al leerlos, puedan tener un sentido para ustedes; un sentido, lo sé, seguro, muy distinto al que intenté darles cuando escribí este texto tan difícil de escribir. 

Y es que hoy, 20 de diciembre de 2023, y vistos en retrospectiva, estos años parecen haber pasado muy rápido. Pero al detenerme a pensarlos o, mejor, a escribirlos, no cabe duda de que he visto y conocido y reconocido tantos lugares y tanta gente distinta, y he aprendido tantas cosas que no sabía… Y, precisamente, por eso, no sabría cómo agradecerles hoy su profunda generosidad y paciencia y, sobre todo, su confianza en el proyecto que logramos construir; confianza, sin duda, para escuchar sin prevención esta nueva mirada del patrimonio… cuando solo tenía claro que ya era tiempo de mirar más allá del patrimonio y de comenzar a hablar de los patrimonios. No era tan complicado pero, a la vez, no era una tarea fácil.  

Y hoy tenemos, por supuesto, un IDPC muy distinto al de hace cuatro años. Y eso, creo, es una buena señal, porque siempre he pensado que una de las grandes cualidades del patrimonio es precisamente su capacidad de proponernos preguntas siempre distintas sobre nosotros y sobre la manera en que queremos relatarnos e interrogar nuestro pasado, para tratar de vivir juntos en un lugar, así seamos distintos los unos de los otros. 

Estamos ante un IDPC, entonces, que acepta el cambio como condición; ante un Instituto que, al abrir la mirada de lo patrimonial, escuchó y reconoció nuevas voces en lugares insospechados para el patrimonio y, de esa forma, pudo concretar nuevas formas de ordenamiento en la ciudad; formas que nos hablan sobre lugares y cosas y espacios importantes que hacen parte de la historia de la gente y que hacen que, por momentos, la gente sienta que hace parte de la historia de una ciudad que ha construido un relato al que le faltaban muchos relatos y espacios y memorias y discusiones que pusimos en un primer plano. 

Dejamos un IDPC fortalecido con una reestructuración que, sin duda, lo deja mejor preparado para los inevitables retos que vienen; un IDPC a cargo de seis instrumentos de gestión de lo patrimonial, entre urbanos y arqueológicos, que, al final, nos hablan de la escala humana en la que queremos vivir, la escala de la proximidad que permite los encuentros y nos devela los ritmos de nuestra vida cotidiana y las profundidades de nuestros pasados.

Abrimos para Bogotá la lista de patrimonio inmaterial y dejamos tres declaratorias de patrimonio que nos llevaron a recorrer, en clave de creación colectiva, casi todas las localidades de la ciudad. Se trata de unos inventarios de patrimonio hechos con la gente y para otra gente que quiera hacerlos, que hablan de partería y de agua y de huertas y de parques –de esos pequeños pero importantes– y de barrios que tocó luchar y de la protesta social y de la comida que nos comemos y de las casas que no habíamos reconocido o de aquellas de las que, tal vez, ya vaya siendo hora de que dejemos de reconocer, para mirar otras casas más pequeñas, que, a veces, tienen por ahí cerquita unos monumentos también pequeños, pero que cuentan historias importantes: porque, en ocasiones, hablan de cómo la gente se jugó la vida para que el sitio donde querían vivir se pareciera a lo que soñaban.

Dejamos una hoja de ruta absolutamente clara y una manera de entender un lugar tan difícil de entender como el Hospital San Juan de Dios, al que ahora le caben las historias y los dolores y los recuerdos de la gente, que, al final, son quienes lo salvan cada día. 

Dejamos un Instituto que se pronuncia sobre toda la ciudad y no solo sobre aquello que está declarado; que habla con propiedad de lo que pasa en los barrios, desde una idea de activación que ha juntado mucha gente y que, a la vez, nos ha ayudado a repensar la idea de apropiación, como si el patrimonio fuera algo de afuera que tenemos que aprehender o hacer propio. 

Dejamos un parque arqueológico abierto; abierto a todas las maneras de interpretarlo e integrarlo a nuestras propias historias individuales y colectivas, y a un pasado muy profundo al que nunca nos habíamos querido asomar, pero que hoy ilumina con otra luz los bordes de un debate sobre los modos de vida diversos en una ciudad a la que le ha costado ser diversa. 

Dejamos un Instituto que conversa con la ciudad desde un Museo que habla sobre lo que no se ve pero se siente en los cuerpos y en los territorios; que habla de la segregación y de los estigmas y de las injusticias. 

Dejamos un proyecto ya listo para ir a obra que habla sobre las memorias de quienes no cabían en la memoria con mayúscula: el cementerio de pobres de Bogotá, que habla, como lo hacen el Museo de Bogotá y el Museo de la Ciudad Autoconstruida, de las heridas abiertas, de la segregación y de la muerte como tema para abordar la dimensión de la vida.

Y al final, hoy quisiera decirles que la Bogotá por la que camino no se parece en nada a la que creía conocer hace cuatro años. Hoy la veo distinta, la percibo de otra manera, la recorro en trayectos, sin duda, diferentes. Hoy tengo un lente para leerla desde un relieve distinto, para reconocer, en esta Bogotá que es una y a la vez tantas, los ritmos de la vida cotidiana, las maneras de habitar de la gente con sus arraigos hechos a pulso en barrios y parques y andenes para pintar de colores la Navidad y calles para aprender a montar en bici y para reconocer, decía, las luchas que damos por defender lo que parece importante para vivir juntos un poco mejor. 

Y decía que si hoy puedo hablar de y desde una bogotá muy distinta no es solo gracias a la confianza mutua y al vínculo que tejimos para construir eso que llamamos el enfoque de los patrimonios integrados sino, también, a la increíble generosidad –por supuesto, de quienes habitan en los territorios– de todos los equipos del IDPC que construyeron con ellos, con la gente que les da sentido a los patrimonios diversos de Bogotá.

Hoy sé muchas cosas gracias a ustedes. Hoy sé, por ejemplo, que un mercado nocturno de hierbas se puede presagiar, por su olor, a casi tres cuadras de distancia; que es posible hacer varios moldes de la nariz de Cervantes para que, por si acaso, no falte quien quiera llevársela de recuerdo; que el Gonzalo Jiménez de Quesada y el Bolívar Ecuestre, hoy rodeado de hortensias, se ven más lindos cuando han tenido que bajarse varias veces de su pedestal… y entonces, así, están más cerquita de nosotros. Sé también que es posible recuperar y recrear otras maneras de intervenir las fachadas, con materiales más cercanos a la tierra y a la gente; que hay unos ríos y unos humedales que la gente cuida y que, a la vez, cuidan a la gente; y, también, que hay personas en Suba y Bosa que, al hablar de lugares sagrados, quieren poder ser diferentes en esta ciudad pero iguales en la voluntad de proteger también los humedales y los ríos. Hoy sé que tenemos un parque en Usme, que cuenta una historia con mirada de niño, de niña; y que el patrimonio se puede contar distinto si lo escuchamos con cuidado; y que esos jóvenes de los colegios de Usme están hoy muy orgullosos de ser de Usme; que esta ciudad tiene tantas maneras de recorrerla y de contarla al caminarla… Hoy sé que, al final, la arquitectura de autor no es tan importante como nos dijeron, y que existen otras estéticas y otras materialidades que también son importantes para hacernos voltear la mirada a algo muy cercano a una epifanía. Hoy sé que si el espacio público patrimonial es tan importante es porque es de los pocos lugares que nos quedan en las ciudades para encontrarnos entre nosotros y no para ir de paso apurando el paso. Hoy sé qué es una crujía y sé que, según el caso, puede o no ser importante. Hoy sé que  no se dice “demolición” sino “liberación”, lo que a mí, sin duda, siempre me hizo pensar en una manera más poética de hablar de las múltiples formas en que el patrimonio cambia y se libera de las miradas tan rígidas y anquilosadas; y que los techos pueden ser terrazas que más adelante tal vez serán nuevos cuartos; y que el patrimonio es también un campo de poder y tensión y que puede estar ahí de muchas formas, aun si ya ha desaparecido. Sé que en el Sumapaz viven hombres y mujeres que se organizaron para hacer de ese lugar su territorio. Hoy sé, con certeza, que ha sido un privilegio conocer Villa Adelaida o Vitelma o el Cementerio Británico. Hoy sé que Violeta echó raíces en la montaña, al ladito del Palo del Ahorcado, y que muchos de los cientos de proyectos que con paciencia y absoluto rigor aprobamos en el IDPC se irán viendo poquito a poco en la ciudad, para seguir hablándonos de lo que fuimos y queremos ser. Hoy sé que en el borde sur hay una vereda rodeada de verde que se llama El destino y que, desde allá, es posible ver todo más claro. Hoy sé que los renders pueden dejar de ser un dibujo para ser una realidad que transforma nuestro espacio y la manera de vivir en él; y que los patrimonios en plural pueden develar las historias que no se ven en un territorio, las historias latentes de una ciudad por develar; y que el daño puede ser antijurídico; y que siempre habrá maneras más cercanas de atender, de hablar con la ciudadanía. Hoy sé que las colecciones del Museo nunca han estado mejor resguardadas y que el área Educativa no dejó nunca de enseñarnos las miles de maneras posibles de hablar con la gente desde lenguajes siempre sorprendentes. 

Hoy sé, finalmente, que Melcocha solo bajará de su tejado cuando le dé la gana pero que si lo hace es para recibir las redes de afecto que caracterizan a este equipo del IDPC.

He tenido la fortuna y el privilegio de trabajar con ustedes. Y hoy, que traté de hilar unas palabras para este momento, me faltan las indicadas, no las encuentro, para agradecerles a cada uno y cada una todo lo que día a día han y hemos hecho para hablar hoy de esto que hemos aprendido y vivido y logrado juntos. Hemos sido valientes, porque se necesitaba valor para, al final, lograr cambiar la mirada del patrimonio en esta ciudad, lo que sin duda alguna es nuestro mayor logro.

Hoy me voy muy feliz y muy tranquilo, me voy, digo, con un sentimiento colectivo, no del deber cumplido, sino del querer cumplido.

Legados del IDPC en video

Conoce los legados del IDPC en cuatro cápsulas audiovisuales que muestran cómo en los últimos años el IDPC abrió la mirada de lo patrimonial para escuchar y reconocer nuevas voces en lugares insospechados para el patrimonio; comprendió las formas de habitar la ciudad y las dinámicas cotidianas de las personas para que estas sean el eje de las decisiones de ordenamiento; abrió para Bogotá la lista de patrimonio inmaterial con tres declaratorias de patrimonio cultural inmaterial; y activó la apertura de espacios patrimoniales para la ciudadanía.

 

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