Un recorrido patrimonial por el Museo de Bogotá, la calle del Camerín del Carmen y la carrera 6 con calle 6 siguió las huellas del río San Agustín, también llamado Manzanares.
Bajo el concreto del centro de Bogotá todavía hay un río. El pasado 23 de octubre, 25 personas se reunieron en la Casa de los Siete Balcones, una de las sedes del Museo de Bogotá para recorrer las huellas del Chiguachí, el afluente que marcó profundamente la vida cotidiana del centro histórico y cuya memoria permanece oculta en el trazado urbano.
Leonardo Cristancho, coordinador del programa Narrativas Patrimoniales del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural -IDPC, dio la bienvenida y explicó que el recorrido busca indagar los secretos de un río del que poco se habla y que tiene varios nombres. También anunció que se explorarían los vínculos del río con los oficios de la Bogotá colonial y de los siglos XIX y XX y la vida cotidiana de uno de los oficios más importantes de ese periodo.
Por su parte, Mauricio Martínez, del equipo de Narrativas Patrimoniales del IDPC, explicó que el recorrido busca visibilizar «la memoria de un río que está allí, debajo de nosotros». Precisó que Chiguachí significaría «mirador a la Luna» o «ventana a la Luna». El río también es conocido como San Agustín y como Manzanares, este último por una quebrada del mismo nombre.
Los saberes del agua
El recorrido empezó por la relación de los pueblos originarios con el agua, distinta a la de la civilización occidental. Los muiscas se alimentaban de maíz y de peces como el capitán y la guapucha, y celebraban ritos en lagunas y humedales: allí nacían los niños y la placenta se enterraba en agradecimiento a la vida. Se evocaron también relatos como el de la laguna de Guatavita y el mito de Bochica en el Salto del Tequendama.
Las aguadoras y las lavanderas
Con la Colonia llegaron las mercedes de agua para los adinerados y los atanores que la conducían a las casas. Surgió así el oficio de las aguadoras, que recogían agua en pilas y chorros para llevarla a los hogares. Junto a ellas, las lavanderas fueron protagonistas del río desde la Colonia hasta bien entrado el siglo XX.
Camerín del Carmen y carrera 6 con calle 6
Aquí se habló de la canalización, los lavaderos comunitarios, los puentes que cruzaron el río y las políticas de abastecimiento y saneamiento que han marcado la relación de la ciudad con sus cuerpos de agua. Las placas de calles como la de la Palma o la de la Toma del Agua recuerdan que, antes de los números, las calles se nombraban por su historia.
En la calle del Camerín del Carmen, los asistentes participaron en una «tendida de ropa» para entender con sus propias manos el oficio de las lavanderas. Las camisetas y telas tendidas recogían fragmentos de libros y cartas citados por los guías, entre ellas las de lavanderas que reclamaban a las autoridades por la contaminación del río.
«Descubrimos un río que no vemos y descubrimos toda su historia»
«Descubrimos un río que no vemos y descubrimos toda su historia», dijo Ricardo Rivera, uno de los participantes, quien destacó cómo los guías Leonardo y Mauricio combinaron elementos históricos, geográficos y documentales apoyados en fotografías. Sobre la tendida de ropa, señaló que le permitió darse cuenta de lo complejo y difícil que era el trabajo de las lavanderas. «Es un recorrido muy revelador», concluyó.
Martínez recordó que, durante más de 300 años, el Chiguachí abasteció de agua a los habitantes de las antiguas parroquias de Santa Bárbara y de la Catedral, y que contribuyó a configurar la espacialidad de la ciudad. Este recorrido hace parte de la categoría «memoria hídrica de Bogotá» del portafolio del IDPC, junto a Los caminos del Agua, dedicado al río San Francisco.
Así, entre fotografías, telas tendidas y voces del pasado, el recorrido dejó una invitación a reflexionar sobre la memoria ambiental, urbana y social de un río que Bogotá no debe olvidar. Bajo sus calles, el Chiguachí sigue murmurando, y el IDPC invita a seguir escuchándolo.


