Durante más de tres décadas, Omar Javier Guerra López dedicó su vida a restaurar los relojes monumentales que han marcado el pulso de Bogotá. Heredero de una tradición familiar de más de setenta años, su trabajo preservó mucho más que relojes: resguardó un oficio, una memoria y el tiempo compartido de toda una ciudad.
El tiempo comenzó a correr para Omar Javier Guerra López el 25 de enero de 1975, en Tunja. Quizá, mientras la ciudad despertaba con el sonido de las campanas, el antiguo reloj de la Catedral Basílica Metropolitana de Santiago Apóstol seguía marcando, con la misma precisión de siglos atrás, una nueva hora sobre los tejados de la capital boyacense. Medio siglo después, el 1 de julio de 2026, ese tiempo encontró su último minuto. Sin embargo, los relojes que Omar recuperó seguirán haciendo lo que él hizo durante toda su vida: mantener viva la memoria.
Hay oficios que parecen conversar con el tiempo. La relojería monumental es uno de ellos. Cada piñón, cada péndulo y cada campana cuentan una historia que trasciende la medición de las horas. Durante décadas, los relojes instalados en iglesias, edificios públicos y plazas fueron la referencia cotidiana de las ciudades. Antes de la aparición de los teléfonos móviles y de los relojes digitales, eran los relojes públicos los que anunciaban el inicio de la jornada, el descanso del mediodía, la misa, el cierre de los comercios o el regreso a casa. Las campanas no solo daban la hora: marcaban el ritmo de la vida colectiva.
La tradición relojera de la familia Guerra comenzó a mediados de la década de 1950, cuando Angélico Guerra —padre de Omar— aprendió el oficio junto al técnico relojero eclesiástico alemán Neumann Klinsmann, quien llegó a Colombia tras la Segunda Guerra Mundial. Desde entonces, dedicó su vida a la restauración y fabricación de relojes monumentales para iglesias, así como a la recuperación de vitrales, órganos, armonios y pianos, construyendo un legado familiar ligado a la conservación del patrimonio.
Ese conocimiento, que Angélico Guerra transmitió durante décadas, fue heredado por sus hijos, quienes asumieron distintos oficios de restauración. Omar Javier Guerra López encontró en la relojería de torres de diferentes iglesias su vocación y se convirtió en uno de los pocos maestros relojeros del país, especializado en restaurar relojes europeos y fabricar nuevas piezas para templos colombianos. Con más de 30 años de experiencia, llegó a ser uno de los maestros relojeros colombianos capaces de intervenir relojes monumentales, aquellos complejos mecanismos de gran formato que exigen precisión, paciencia y un profundo respeto por la historia. Hoy, su legado y el de su padre perduran en una familia que mantiene vivo ese saber artesanal transmitido de generación en generación.
“Omar era un hombre completamente serio, introvertido y preciso, con una capacidad de análisis extraordinaria para resolver los problemas mecánicos que surgen durante la restauración de relojes”, recuerda la restauradora de bienes muebles María Alejandra Malagón, quien acompañó varios de sus procesos de intervención. Su trabajo dejó huella en algunos de los relojes patrimoniales más importantes de Bogotá.
El destino quiso que el hombre, nacido bajo la mirada del reloj de la Catedral Basílica Metropolitana de Santiago Apóstol de Tunja, terminara devolviéndole el tiempo al reloj de otra iglesia dedicada al mismo apóstol: la Catedral Santiago Apóstol de Fontibón, uno de los templos coloniales más representativos de Bogotá. Su torre ha acompañado durante siglos el crecimiento de lo que fue el antiguo “pueblo de indios”, luego municipio y hoy localidad de la capital. Allí, Omar se encargó del minucioso proceso de reparación del reloj y le devolvió a la comunidad un mecanismo concebido para dialogar con las campanas y acompañar la vida cotidiana del barrio.
También estuvo al frente de la recuperación del reloj de la parroquia de Santa Ana, en el barrio de Teusaquillo. Se trata de un mecanismo electromecánico de cuatro tableros, equipado con un carrillón de veinticuatro campanas y un sistema automático para elevar sus pesas. Está considerado una pieza singular dentro del patrimonio relojero de la ciudad.
En 2011, asumió otro de los retos más significativos de su carrera: la restauración del reloj de la Iglesia San Ignacio de Loyola, ubicada en el corazón de la histórica manzana jesuítica de La Candelaria. Fabricado por la reconocida relojería antioqueña Velilla y Escobar, este mecanismo es uno de los pocos grandes relojes de manufactura colombiana que aún existen y constituye un valioso testimonio del desarrollo tecnológico nacional de comienzos del siglo XX.
Gracias a su experiencia, también se pudo recuperar el reloj de la Iglesia de San Francisco. En este proyecto se identificó un reloj del siglo XX asociado a una sonería del siglo XIX, lo que permitió devolver su funcionamiento a uno de los relojes más emblemáticos del centro histórico de Bogotá.
Su conocimiento no se limitó al patrimonio religioso. En 2019 participó en la restauración del reloj eléctrico del edificio principal de Ecopetrol, fabricado por la empresa estadounidense Electric Time. Allí elaboró un nuevo tablero y recuperó su sistema de iluminación, contribuyendo así a conservar uno de los símbolos de la arquitectura moderna de Bogotá. El edificio, inaugurado durante el auge empresarial de mediados del siglo XX, fue galardonado con el Premio Nacional de Arquitectura y es una de las obras más importantes de la arquitectura moderna del país.
“Igualmente, él nos deja un legado muy grande: un amor por el oficio y, sobre todo, por la conservación del patrimonio. Su deseo era que estos conocimientos no desaparecieran, sino que continuaran con mucha fuerza y pudiéramos transmitirlos a las futuras generaciones, para seguir con este legado, con esta profesión y con este amor no solo por la relojería, sino por el arte”, afirma su hermano, Miguel Ángel Guerra López.
“Ómar fue un apasionado realmente con su oficio, con su profesión, con la mecánica de los relojes. Fue muy dedicado, siempre buscando dar lo mejor. Incluso se inventó para las parroquias un sistema para tocar las campanas desde la sacristía con un teclado, para modernizar ese sistema sin perder su esencia”, recuerda Miguel Ángel Guerra López.
Para María Alejandra Malagón, la partida de Omar deja una preocupación que trasciende lo personal.
“Su fallecimiento materializa una inquietud entre quienes trabajamos por el patrimonio: el conocimiento especializado para intervenir relojes monumentales depende hoy de muy pocos maestros. Su ausencia nos obliga a reconocer, documentar y transmitir estos saberes para que las nuevas generaciones puedan continuar este oficio”.
Desde el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural – IDPC, su director, Diego Parra Cortés, destacó que el legado de Omar Guerra demuestra que el patrimonio no solo se conserva restaurando edificios, sino también protegiendo los oficios que hacen posible esa conservación.
“Los maestros de oficio son custodios de conocimientos construidos durante generaciones. El legado de Omar Javier Guerra López nos recuerda la necesidad de reconocer, documentar y fortalecer estos saberes para que no desaparezcan. Cuidar el patrimonio también significa garantizar que existan manos capaces de mantenerlo vivo para las futuras generaciones”, agregó el director del IDPC.
El trabajo de la relojería tiene lugar entre torres, campanarios, engranajes y mecanismos ocultos a la vista de quienes caminan por la ciudad. Sin embargo, cada vez que un reloj patrimonial vuelve a marcar la hora o una campana rompe el silencio después de años de quietud, también se vuelve a escuchar el eco de quienes dedicaron su vida a preservar ese instante.
Omar Javier Guerra López ya no está frente a los mecanismos que desarmó, limpió y volvió a ensamblar con la precisión de un artesano durante décadas. Mientras los relojes restaurados se sometan a mantenimientos recurrentes, seguirán marcando el paso de las horas en las torres de las iglesias de Santiago Apóstol, Santa Ana, San Ignacio y San Francisco, así como en el edificio de Ecopetrol, y una parte de su trabajo seguirá latiendo sobre los tejados de Bogotá. Porque algunos no intentan detener el tiempo; simplemente aprenden a resguardarlo para los demás.


