Remembranzas del comercio tradicional en el centro de Bogotá

Wilson Pacheco (centro) junto con los asistentes a este recorrido. Foto: Felipe Lozano / IDPC.

Por: Felipe Lozano*

Cuando llegué, Sebastián Pinto, coordinador de Recorridos Urbanos del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural – IDPC, estaba reunido con el público en la Plaza de Bolívar. Todos escuchaban la introducción a lo que sería el recorrido ‘Tiendas con memoria’, una actividad que propone visitas a diferentes lugares de Bogotá para reconocer los valores patrimoniales del comercio tradicional del Centro Histórico de la capital.

Hice parte del círculo conformado por cerca de veinte personas para escuchar las preguntas de Sebastián: “A ver, ¿a qué tienda van en su barrio?”. Un recuerdo muy bien guardado salió en ese momento. No respondí la pregunta en presente, sino en pasado: “¿A qué tienda iba?”. No dije nada en voz alta, como sí lo hicieron muchos, pero me vino la imagen de la tienda del señor Zuluaga.

Con esa imagen vino el recuerdo (no siempre confiable) del olor del lugar: era una mezcla del humo de varios cigarrillos fumados, detergente y roscones calientes. Puede que no suene muy atractivo, pero a mí me encantaba ese olor que solo he sentido en la tienda del señor Zuluaga. Uno entraba y lo primero que se sentía era ese aroma. Después, lo encontraba a él detrás de un mostrador lleno de chicles Motitas, Chitos y Gudiz, vestido con sus sacos de rombos y su blanca y espesa cabellera peinada hacia atrás. Con su acento paisa y en voz bajita, saludaba.

Interior del Pasaje Rivas. Foto: Felipe Lozano / IDPC.

Al fondo, sentada en una silla de mimbre, casi siempre tejiendo, estaba su esposa en medio de los estantes que cubrían las cuatro paredes de ese local pequeñito, ubicado en la esquina de la Carrera 27ª con Calle 43, en el barrio La Soledad. A ese lugar entrábamos mi papá y yo, con la picardía de unos cómplices que buscaban “mecatear pendejaditas”.

Todos caminábamos esa mañana encapotada del 14 de septiembre a través de la Plaza de Bolívar, cruzamos al Palacio Liévano y Wilson, un mediador del Museo de Bogotá, nos ubicó a todos en una esquina del edificio donde hoy funciona la alcaldía para contarnos que ahí, justo donde estábamos, hubo una tienda y que las puertas quedaban a un lado y al otro. Luego pasamos al punto de atención turística del IDT y nos dijo que ahí, no me acuerdo hace cuánto, funcionó otra tienda. Aunque me encontraba con el grupo durante el recorrido, en verdad yo estaba donde el señor Zuluaga. La tienda no tenía letrero ni tampoco nombre, pero todos los que vivíamos a unas cinco cuadras a la redonda sabíamos a dónde debíamos ir si teníamos que hacer un mandado a la tienda del señor Zuluaga. No había pierde.

Los asistentes y los mediadores, en la Plaza de Bolívar. Al fondo, el Edificio Liévano. Foto: Felipe Lozano / IDPC.

Aún siento la emoción de recordar la incertidumbre de escoger entre una pistolita de dulce rellena de anís, unos Tostacos o un Gansito. Mi papá y el señor Zuluaga se quedaban mirándome en silencio y con una leve sonrisa, mientras yo trataba de decidir. Escogía algo y mi papá me acompañaba con un dulce. Durante esas escapadas a la tienda, sentía que mi papá perdía toda su figura de autoridad y se convertía en un niño como yo, en un amigo de pilatunas tiernas y garosas.

Casi al mediodía, Sebastián, Wilson y Francisco, otro mediador del Museo de Bogotá, hacían ejercicios de memoria histórica y reconocimiento en el Pasaje Rivas, el Pasaje Hernández y, finalmente, en el Museo de la Independencia Casa del Florero. Una mediadora muy querida y locuaz nos recibió allá y comenzó a contarnos la historia de la tienda de González Llorente, los productos que vendía en el primer piso de la casa en la que nos encontrábamos y las versiones de cómo y por qué se desencadenó el altercado con Antonio Morales.

En un momento del recorrido quise sentarme. Ya no le prestaba atención a la mediadora y me quedé mirando la museografía: los estantes con abanicos, frascos de lociones, telas y, claro, unos cuantos floreros para buscar que el visitante se ubique en la época de lo que llamamos Grito de Independencia. María, mi esposa, que también participó en el recorrido, se acercó y pasó su mano por mi cabeza.

  • ¿Hoy me acompañarías a La Soledad? – le pregunté en voz baja. Ella asintió.
Durante el recorrido se visitaron tiendas tradicionales como las Sombrererías en la Calle 11.

La última vez que pasé por la esquina donde quedaba la tienda del señor Zuluaga vi que habían puesto una peluquería. Con esa necedad que produce la nostalgia, miré hacia adentro del local y saqué a todas esas personas con capa y pelo recogido, ubiqué los estantes, bajé la luz, apagué la radio que sintonizaba la emisora que en septiembre programa la música de diciembre y puse al señor Zuluaga detrás del mostrador. Su tienda no solo fue un lugar en el que se crearon relaciones comerciales, ni funcionó como un referente espacial. También se convirtió en un lugar en el que se fortalecieron relaciones de familia.

Sebastián, Wilson y Francisco nos contaron sobre cómo los oficios en las tiendas de comercio tradicional del Centro Histórico de Bogotá pasaban de generación en generación: los hijos aprendían de sus padres, madres, abuelos o hermanos a vender y a elaborar trajes, sombreros y amasijos. Pero la relación con mi papá en la tienda no fue de transmisión de saberes. Fue algo distinto.

Quería volver a esa esquina a ver si seguía con la necedad de verme como niño saliendo de la tienda del señor Zuluaga con mi papá, caminando hacia la casa mientras nos reíamos de nuestra complicidad de comer “chucherías”.   

*Periodista del Instituto Distrital de Patrimonio Cultural.